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martes, 5 de julio de 2011

No a las listas abiertas (II)

Por desgracia, las listas abiertas no funcionan por una razón muy sencilla: la gente vota por afiliación partidista. Esta afirmación la podemos comprobar en la misma España donde, para sorpresa de muchos, hay un sistema electoral con listas abiertas: el del Senado.


En el Senado hay senadores nombrados por los Parlamentos autonómicos y senadores elegidos popularmente: nos vamos a centrar en estos últimos. La circunscripción electoral es la provincia, que elige cuatro senadores(1): cada ciudadano tiene tres votos, que puede repartir entre los tres candidatos que quiera, sean del partido que sean. Cada partido presenta tres candidatos.


¿Y qué sucede? Pues que la gente vota a los tres candidatos de su partido. El resultado normal de una elección al Senado en una provincia cualquiera es el siguiente: tres escaños a los tres candidatos del partido más votado; un escaño para el segundo partido más votado, que se lleva normalmente el que está antes en la lista. Se puede comprobar en las elecciones de 2008: os invito a entrar en la página del Senado y darle al azar a algunas provincias. Como veréis, el esquema de 3-1(2) se repite en todas o casi todas.

Los resultados a nivel nacional son claros: de los 208 escaños, PP controlaba 101 y PSOE 88: el bipartito domina el 90,9% de todos los escaños electos. Para hacerse una idea, en el Congreso de los Diputados tienen un 94% de escaños contando con el 85% de los votos. ¿Y por qué pasa esto? Porque la gente, una vez decide el partido al que vota, vota a todos sus candidatos. El mundo moderno absorbe mucho tiempo y nadie puede seguir las carreras de decenas de políticos.

El problema se agrava cuando se aumenta la magnitud del distrito: si la gente no se va a informar de las carreras de cuatro candidatos por partido, cuánto menos lo va a hacer si los candidatos son treinta y cinco, como en Madrid. O si son trescientos cincuenta, como proponen los que quieren combinar las listas abiertas con la circunscripción única nacional. Si a cada persona le damos 350 votos, podemos esperarnos Parlamentos monocolores casi con seguridad

Se puede decir entonces, lo siguiente: pues no le demos a cada persona 350 votos, sino menos. Pongamos 10, o 20. Entonces sucede precisamente lo contrario: se sesga una barbaridad a los grandes. La gran mayoría de ciudadanos votará a los 20 primeros de la lista de su partido, y entonces tendremos que el PSOE (11 millones de votos) tendrá 20 diputados; que el PP (10 millones de votos) tendrá 20 diputados; que IU (4 millones de votos) tendrá 20 diputados... y así hasta que ya no queden escaños a repartir.

La conclusión se puede plasmar en la siguiente frase: si España adopta un sistema de listas abiertas, lo único que se conseguirá será más bipartidismo. Esto tampoco es demasiado sorprendente, si partimos del hecho de que, como hemos visto, las listas abiertas sólo son válidas en sistemas mayoritarios. Y esos sistemas, salvo en casos de una sociedad extremadamente plural (India) tienden al bipartidismo.


(1) La excepción son las islas (las tres mayores eligen tres, las menores uno) y las ciudades autónomas (cada una elige uno).
(2) 2-1 en las islas mayores que, como hemos dicho, eligen sólo a tres senadores.

miércoles, 8 de junio de 2011

No a las listas abiertas (I)

En estos días de movilizaciones, donde se oye a muchos indignados exigir listas abiertas, yo voy a argumentar en su contra. Creo que no son convenientes para nuestra democracia, no por ellas mismas (permitir que no entren en las instituciones personajes tremendamente impopulares, por ejemplo, por corruptos) sino por lo que implican. Me voy a centrar en los efectos que tendrían las listas abiertas en la realidad (es decir, en los efectos del sistema sobre una ciudadanía a la que mayoritariamente no le interesa hacer un análisis riguroso de los candidatos) y sin importarme los impedimentos constitucionales que hay a su instauración.

Antes de empezar el análisis, tenemos que hacer un comentario sobre algunos conceptos electorales. El primero de ello es el de distrito o circunscripción: una circunscripción es un ámbito donde se eligen representantes. Este ámbito suele ser geográfico: en España, la circunscripción es la provincia, lo que quiere decir que cada partido presenta una lista diferente en cada provincia, los votos se cuentan por provincia y de cada provincia sale un cierto número de diputados. Otras circunscripciones no son territoriales, sino por residencia (Italia tiene una circunscripción para emigrantes), etnia (Nueva Zelanda tiene una circunscripción para los maoríes) o incluso sexo.

Estos distritos tienen una cierta magnitud: magnitud del distrito es el número de diputados que elige ese distrito. Hablamos así de distritos uninominales (eligen a un solo diputado) y plurinominales (eligen a varios diputados).

Con todo esto, ya podemos hacer una tipología general de sistemas electorales. Estos pueden ser de dos tipos:

·        Proporcionales: una vez emitidos los votos, se cuentan y cada candidatura se lleva un número de escaños más o menos proporcional a los votos obtenidos. Es el sistema español, aunque en nuestro caso es muy poco proporcional. Obviamente, debe haber más de un escaño a repartir, es decir, sólo se puede aplicar en distritos plurinominales.
           En este sistema no caben listas abiertas: las candidaturas las forman listas, y una vez que se sabe cuántos escaños consigue cada lista, se atribuye uno a cada miembro de la lista por orden. Si cada ciudadano pudiera añadir o quitar candidatos o formar listas propias, no sería posible realizar esta operación, ya que la lista a la que ha votado cada ciudadano podría ser potencialmente diferente a la de todos los demás.
·        Mayoritarios: una vez emitidos los votos, se cuentan y el que gana se lo lleva todo. Este sistema puede aplicarse tanto en distritos uninominales como plurinominales:
o   Uninominales: el que gana se lleva el escaño (Reino Unido, Francia). Tiene la ventaja de que hay una relación muy cercana entre diputado y representados, porque son distritos muy pequeños.
o   Plurinominales: es posible que el que gane se lleve todo (se vota a una lista cerrada y la que gane se lleva todos los escaños), pero también es posible abrir las listas. En ese caso, cada ciudadano selecciona de una lista electoral los candidatos que quiere que le representen, y los votos se cuentan por candidatos, no por lista. Los candidatos que más votos tienen, que pueden ser de varios partidos, ganan los escaños. Este es el sistema aplicado en el Senado de España.

jueves, 2 de junio de 2011

Opiniones

Las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una. 

Creo que es una de las frases menos ingeniosas que existen para empezar una entrada de blog, pero está directamente relacionada con los abusadores de nuestra paciencia: se trata de la idea de que todas las opiniones son respetables. Esto te lo sueltan cuando acorralas dialécticamente a alguien que está defendiendo lo indefendible: al final la cosa es que "es mi opinión, y tú tienes que respetarla". Casi puedes oír cómo te llaman fascista.

Pues yo lo siento mucho, pero no respeto las opiniones. Respeto a la gente, que para eso es gente. Pero ¿las opiniones? Son sólo... frases, cosas que alguien lanza al aire sin más. Quiero subrayar ese "sin más": la gran mayoría de opiniones (empezando por ésta, por cierto, ya que no tengo datos en que basarme) están apoyadas por la nada más absoluta. En definitiva, son doxa y no episteme.

"El sistema electoral debe ser sustituido por listas abiertas y circunscripción nacional". ¿Por qué? ¿Sabe usted que eso lo convertiría en una barbaridad ingobernable e injusta? "Lo que deberían hacer es meter al asesino de Marta del Castillo en la cárcel de por vida". ¿Pero ha oído usted hablar alguna vez de presunción de inocencia, pruebas e irretroactividad de la ley? "Los inmigrantes deberían firmar un contrato de integración" Er... si alguien quiere desobedecer la ley, un contrato no se lo va a impedir. Y así sucesivamente.

Oír estupideces semejantes y no poder rebatirlas por un teórico respeto a las barbaridades ajenas me subleva. Y aún la gente te admite crítica a sus ideas políticas o jurídicas. Pero ¿qué pasa cuando criticas su religión (opinión al fin y al cabo) o les quieres hacer ver que les han estafado con homeopatía, Power Balance o reiki? En el primer caso, eres un ateo comunista y masón; en el segundo, un cerrado de mente vendido a las farmacéuticas y a la ciencia oficial. Me recuerda a ese chiste de Forges de hace tiempo: ¿de qué opción política es este hombre? Pues de centro, porque tiene morados los dos ojos.

Hay veces que no se puede ganar.

martes, 31 de mayo de 2011

Declaración de intenciones

Supongo que lo tradicional al abrir un blog es empezar con una descripción, o incluso con una breve historia. Y en nuestro caso, la historia comienza en Roma, en el año 63 antes de Cristo, siendo cónsules Marco Tulio Cicerón, conocido orador, y Gayo Antonio Hibrida, olvidable político. Ese año, Lucio Sergio Catilina, del partido de los populares, decide sublevarse contra la República: se gana a Hibrida y planea el asesinato de Cicerón. Por desgracia para los conjurados, Cicerón descubre su plan y lo desarticula, ejecutando a sus promotores.

La conspiración hubiera quedado como una más de las que se sucedieron en los últimos estertores de la República si no fuera porque inspiró uno de los discursos más brillantes de Cicerón: la primera catilinaria, que el cónsul le espetó al conspirador cuando se encontraron en la sesión del Senado. Es un discurso conocido por el puñetazo dialéctico con el que empieza: Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? O, en castellano, "¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?" Esa fue la primera noticia que tuvo Catilina de que le habían descubierto, y dicen que los senadores fueron apartándose de él mientras el cónsul desgranaba su discurso, hasta dejarle solo en el escaño.

Hoy en día, hay muchos que abusan de nuestra paciencia. Abusan de nuestra paciencia como ciudadanos, con una clase política endogámica y con el mismo sentido de Estado que un calamar. Abusan de nuestra paciencia como consumidores, con timos y magufadas de las más variadas especies. Y abusan de nuestra paciencia como personas normales que ya bastante tenemos con sacar adelante nuestra vida diaria como para además tratar de protegerse de puñaladas, traiciones, lameculismo y mediocridad rampante.

A todos ellos, a todos los que abusan de nuestra paciencia, les digo lo siguiente: os vais a cagar. Queda inaugurado este blog.

Vale.