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viernes, 14 de marzo de 2025

Frikis de la historia

¿Qué pasa en Twitter con la Historia? ¿Por qué cada cierto (poco) tiempo aparecen listos a ridiculizarla y a afirmar que no es un campo de estudio de verdad? Suele ser siempre el mismo esquema: después de alguna polémica sobre tema histórico, a alguien se le ocurre decir que en realidad las humanidades son meras aficiones. Por poner como simple ejemplo una de las chorradas de los últimos días, hubo varios diciendo que cualquier friki obsesivo puede aprender lo mismo que los historiadores solo con tiempo y un carnet de biblioteca. En las respuestas, otro se chuleaba de que él sabía más de vexilología, heráldica, uniformidad y equipamiento militar de época (¿de qué época?) que sus amigos historiadores. Y así todo.

Pero insisto, esto son solo ejemplos. El problema es que cada pocos meses pasa lo mismo, sea con estas o con otras palabras. Me parece reseñable que suelan ser personas de ciencias duras o de carreras técnicas las que sueltan esos desprecios. Creo que hay varios elementos. El primero tiene que ver con ese estereotipo de ingeniero o arquitecto que se cree más listo que nadie (1) y piensa que tiene ideas geniales que a nadie se le habían ocurrido. Me acuerdo de un amigo, matemático, que cuando ambos cursábamos nuestras respectivas carreras me decía que seguro que era posible reducir todo el derecho a un conjunto de axiomas de los cuales se derivaban consecuencias, y así nos quitábamos todo el marasmo de leyes. Yo, por supuesto, le dije que acababa de descubrir la Ilustración y la codificación.

Un segundo elemento es que mucha gente, tanto en estas ciencias duras o carreras técnicas como en la calle, considera que las humanidades y las ciencias sociales son campos de conocimiento menores. No quiero ser ese amigo demasiado woke, pero establecer esa jerarquía tiene que ver con cosas tan ajenas al conocimiento como son la empleabilidad de los graduados o el dinero que pueden llegar a ganar (2). Es decir, que, como ciertas carreras son capaces de producir de forma directa bienes que el mercado considera de alto valor, resulta que son áreas superiores a las demás. Así expuesta, la afirmación es tan estúpida que no merece ni refutación (y, por ello, no se suele exponer de manera tan cruda).

El tercer factor, siguiendo por esta senda de ser demasiado woke, lo he sacado del libro Trabajos de mierda, de David Graeber. En este ensayo, Graeber afirma que muchas personas tienen trabajos de mierda, definidos como aquellos que no tienen ningún sentido ni utilidad social: gente cuyo trabajo es engañar o perjudicar a otros, parchear sistemas permanentemente rotos, escribir informes que nadie va a leer, etc. Según el autor, las personas que tienen estos trabajos de mierda lo saben, y eso les genera resentimiento hacia quienes tienen ocupaciones significativas. No voy a decir que este libro tenga todas las respuestas, pero me parece significativo que la última vez que hablé con uno de estos cuñados (que definía los estudios históricos como «un esquema Ponzi») me acabara reconociendo que quiso estudiar historia, pero se metió a una carrera técnica por las salidas laborales.

Y luego está el cuarto elemento, que afecta especialmente a la Historia. Porque todo lo que he dicho hasta ahora tiene que ver con todas las humanidades y ciencias sociales, pero los cuñados se concentran en especial en esta disciplina. ¿Por qué? Pienso que porque es cercana y parece fácil. En cuanto a la cercanía, todos tenemos la historia alrededor: pasear por cualquier ciudad te expone a ruinas romanas, palacios medievales, un Ayuntamiento del siglo XIX o unas casas reconstruidas tras la Guerra Civil. Además, aunque hayas odiado la asignatura de historia durante la secundaria, seguro que te encantan las anécdotas, batallitas y «datos» históricos, que es por lo que triunfa tanto la divulgación pop de Concostrinas y similares. Es una relación mucho más directa de la que tenemos con la filología, la filosofía, la sociología, la economía o la psicología. Algunos de estos campos ni siquiera sabemos definir con precisión a qué se dedican.

En cuanto a la facilidad, la gente percibe que la historia es poner datos uno detrás de otro hasta que cuentan algo. Eso no puede ser tan difícil, ¿no? Es pura memoria. Como el del esquema Ponzi de más arriba, que presumía de «aprenderse» las guerras púnicas en una tarde tonta, o el tipo que chuleaba saber más de banderitas que todos sus amigos historiadores. Que no está mal saberse las guerras púnicas o conocer muchas banderitas, ¿eh? Pero eso no es saber historia ni ser historiador.

[Como nota al margen, es fascinante cómo esta gente se obsesiona con la historia militar y, en ocasiones, política, ¿eh? Nada de historia económica, nada de historia de la vida cotidiana, por supuesto nada de historia de grupos discriminados… No, no, solo tanques, ejércitos y discursos.]

En general, la gente confunde mucho tres conceptos: conocer datos históricos, ser historiador y tener la carrera de Historia. Conocer datos históricos es lo que ya he dicho, saberse ciertos hechos (los hayas aprendido de forma más sistemática, como en el instituto, o menos sistemática, por curiosidad personal) y saber recitarlos. En el otro extremo, ser historiador es ser capaz de tomar las fuentes originales, interpretarlas y hacer historia nueva, es decir, determinar qué pasó en épocas y lugares de donde no se sabía nada, o avanzar en el conocimiento de épocas y lugares de los que ya se conocían cosas.

¿Y cómo se pasa de lo uno a lo otro? Normalmente, por medio de la carrera de Historia. Supongo que uno de los problemas es que siempre nos quedamos con lo superficial y pensamos que lo que se hace en las carreras universitarias es lo mismo que se hacía en el instituto, pero más grande. ¿Recordáis a mi amigo el matemático? Yo le vacilaba preguntándole si en sus asignaturas le enseñaban a multiplicar un millón por un millón. De la misma manera, hay gente que se cree en serio que la carrera de Historia supone aprenderse muchísimos hechos históricos. Al fin y al cabo, ese es el contacto que han tenido ellos con la historia: un aprendizaje puramente memorístico. Y es lógico. La primaria y la secundaria son niveles que lo que quieren es que aprendas un poquito de todo, unos conocimientos básicos para desenvolverte, y se centran en transmitir datos.

Las carreras universitarias son diferentes, porque son ya una especialización. Transmiten datos, sí, pero también técnicas y formas de trabajar. El objetivo no es que salgas sabiendo mucho, sino que salgas sabiendo dónde buscar, como interpretar y, a ser posible, cómo generar nuevo conocimiento en tu campo. Yo en Derecho aprendí leyes, pero las leyes cambian. Lo más valioso que me enseñaron fue el modo de pensar jurídico, que me permite analizar conceptos, encontrar argumentos, valorar distintas interpretaciones y buscar más información. Eso es lo que un lego no puede hacer, por muchas leyes que se sepa.

En la carrera de Matemáticas no enseñan a multiplicar un millón por un millón y en la de Historia no te enseñan toda la historia al detalle. Por lo que he hablado con historiadores, aprenden precisamente técnicas para buscar fuentes, leerlas de forma sistemática, interpretarlas, saber si mienten, compararlas… Todo lo que permite llegar a ser historiador. Ojo, que no es una relación necesaria. Alguien puede tener la carrera de Historia y no dedicarse a ser historiador, porque su trabajo no consiste en producir conocimiento histórico sino en cualquier otra cosa (por ejemplo, ser profesor). Y alguien puede ser historiador sin haber cursado la carrera de Historia, ya que no estamos ante una profesión regulada. Pero para eso, tiene que haber aprendido de forma autodidacta las mismas técnicas que enseñan en la carrera, no dedicarse a leer las fuentes primarias (con suerte) que le apetezcan y aprenderse acríticamente los datos que más le gusten.

Al final, cuando te especializas en algo, las técnicas acaban siendo más importantes que los datos. Inventamos la escritura precisamente para no tener que tener en la cabeza listas y listas de datos inútiles. Y sí, digo inútiles, porque saberte un montón de hechos históricos descontextualizados te permite ganar al Trivial y poco más. Presumir de que conoces más banderas que tus amigos historiadores es tan tonto como aprenderse de memorieta el Código Civil y decir que eres mejor jurista que yo porque tú te sabes en qué artículos está regulado el censo enfitéutico y puedes citarlos. Ya, cariño, pero soy yo el que tiene herramientas para entender cómo funciona esa institución y cómo se encaja en el sistema jurídico, y para armar un argumento sobre la misma. Que es lo que diferencia al friki obsesivo del verdadero profesional de una materia.

 

 

 

 

(1) Me parece interesante traer a colación que los dos «divulgadores» revisionistas más conocidos, el tonto de las cisternas y el tonto de los dibujitos, son respectivamente ingeniero y arquitecto.

(2) Por esta razón, cuando todos estos listos denuestan las humanidades, siempre se les olvida el Derecho. Esa debe de ser una humanidad Premium o algo.

 

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jueves, 28 de mayo de 2015

Hitler no llegó al poder de forma democrática

Es matemático. Cada vez que se quiere desautorizar a alguien (normalmente de izquierdas) que ha ganado las elecciones aparece la misma afirmación: “que haya ganado unas elecciones no significa nada; Hitler también llegó al poder por medios democráticos”. Lo cual es absurdo por dos razones. La primera, que se trata de una comparación que no busca llegar a la razón: no se está poniendo en el otro término a cualquier gobernante corrupto, malvado, venal o inútil. No, se está poniendo a Hitler, que en la tradición política occidental es el demonio. Decir “bah, Camps también ganó unas elecciones” es poner en cuestión ese modo de seleccionar líderes; decir “Hitler también llegó al poder de forma democrática” es insultar al oponente.

Y la segunda razón por la cual esta comparación es absurda es que se basa en una falsedad. Hitler ciertamente ganó unas cuantas elecciones a lo largo de su vida (en el sentido de que su partido fue el que más escaños obtuvo en el Parlamento), pero nunca obtuvo una mayoría absoluta ni alianzas suficientes para convertirse en otra cosa que líder de la oposición. Cuando por fin fue nombrado canciller, no lo fue con arreglo a las normas del juego, y lo que hizo para convertirse en Führer fue la antítesis de la democracia.

Los hechos que voy a mencionar, como todos los que se usan para desmontar un bulo, no son secretos ni desconocidos: los podéis encontrar más desarrollados en la misma Wikipedia, y desde luego cualquier manual universitario de historia universal contemporánea los recoge con detalle.

La república de Weimar tenía una organización constitucional peculiar. Era la heredera de una monarquía imperial y eso se notaba: el presidente era una figura central en el sistema, pues nombraba al canciller, podía vetar las leyes y tenía atribuidas la política exterior y la militar. Lógicamente, si este puesto estaba ocupado por un anciano achacoso, débil y sin proyecto político, como era el conservador Hindenburg, todo el sistema se resentía (1).

Y enfrente, casi como un contrapunto dramático, estaba el líder del partido nazi. Exacto, Hitler. Un tío megalómano que no tenía nada de poder pero sí contaba con un proyecto político muy claro. Su partido llevaba en el Parlamento desde 1924, formando una pequeña minoría de en torno a 15 escaños (2), que no tenía visos de crecer. Entonces la crisis de 1929 impactó en la frágil democracia alemana hasta el punto de que en las elecciones del año siguiente el NSDAP se convirtió en la segunda fuerza política, con 107 diputados con un objetivo claramente antidemocrático. Y de repente los círculos tradicionales de poder se preguntaban “¿qué hacemos con Hitler?”

La respuesta fue intentar atraerle hacia el ámbito conservador, pero no funcionó. Hitler quería ser canciller, pero la camarilla de Hindenburg, viendo el peligro, lo bloqueó. Los años siguientes fueron, a nivel político, una locura. Se suceden como cancilleres los conservadores Brunning, Papen y Schleicher. Hay unas elecciones presidenciales, en las que vence un desganado Hindenburg, quien sólo se había presentado para impedir que Hitler llegara al poder. Sólo en el año 1932 hay dos elecciones parlamentarias, ganadas por los nazis pero sin mayoría absoluta.

Finalmente, en enero de 1933, Hitler es nombrado canciller. No recibe ese puesto gracias a haber ganado las elecciones (las había ganado tanto en julio como en noviembre del año anterior y no le habían dado el cargo), sino por el hecho de que los miembros de la camarilla de Hindenburg estaban tan desgastados y divididos entre sí que se boicotearon mutuamente. Voy a repetirlo. No fue un proceso democrático el que llevó a Hitler al poder: fue el hecho de que, a finales de 1932, y merced a las intrigas antidemocráticas de Papen y Schleicher (y al propio rechazo de Hitler a cualquier cosa que no fuera un gobierno dirigido por él), no había otro candidato adecuado.

Por supuesto, una vez nombrado canciller, su actuación fue totalmente antidemocrática. Lo primero que hizo fue convocar nuevas elecciones para tratar de que se aprobara una “ley habilitante” que le diera la dictadura legal. Usó todos los recursos del Estado, declaró ilegales las reuniones de los comunista y socialdemócratas, mandó asesinar opositores y, como colofón, culpó a los comunistas de un oportuno incendio en el edificio del Reichstag (Parlamento), lo cual le permitió sacarle a Hindenburg un decreto que suspendía las libertades ciudadanas.

Aun así el partido nazi no ganó la mayoría absoluta: tuvo que recurrir a alianzas con otras fuerzas políticas y a la detención de diputados de la oposición (amparándose en el decreto) para lograr la mayoría del 66% que requería la ley habilitante. El 23 de marzo la ley fue aprobada, con la única oposición de los 84 diputados socialdemócratas que quedaban en la cámara. Le daba al canciller el derecho de aprobar leyes anticonstitucionales y de firmar tratados. Lo hizo rápidamente, aboliendo la autonomía de los Estados, creando un sindicato único y forzando a los partidos políticos a disolverse.

Los conservadores habían apoyado la ley porque mantenía el derecho del presidente a vetar las leyes del canciller. Sin embargo, éste no ejercerá nunca su derecho. Tampoco durará mucho en el cargo. Una vez Hitler tiene el control del Estado Hindenburg desaparece de escena de forma definitiva: se muere de puro anciano año y medio después de ley habilitante. Para entonces la Presidencia de la República era el único puesto de poder no controlado directamente por el canciller: Hitler la ocupará y pasará a nombrarse Führer.

¿Algo de todo lo anterior suena a una vía mínimamente democrática de alcanzar el poder? ¿A que alguien gana unas elecciones y es nombrado presidente, o no las gana y consigue el poder mediante pactos? No, ¿verdad? Como hemos dicho al principio, el partido nazi ganó varias veces las elecciones, pero los procesos que llevaron a Hitler al poder no fueron democráticos bajo ningún aspecto que se consideren.

Así que, por favor, antes de hablar pensad un poco. No repitáis los bulos de siempre. Es ridículo, poco inteligente y propio de personas desinformadas. Además, ¿sabéis quién también era muy de creerse y extender bulos?

Exacto: Hitler.




(1) Una buena muestra de lo dependiente que era Hindemburg de la opinión de su camarilla es que, cuando buscas en Google este último término, uno de los ejemplos que sale siempre es precisamente el de los hombres que aconsejaban a este presidente alemán.

(2) El número de diputados del Reischtag fue subiendo. El Parlamento salido de las urnas en 1919 tenía 423 escaños; el último que se eligió en 1933, 647.


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domingo, 29 de abril de 2012

¿Por qué los liberales son conservadores?


En España el término “liberal” se ha cargado de siniestras connotaciones. Se asocia con personas que no sólo buscan un Estado mínimo sino que son descaradamente conservadores y elitistas. En definitiva, se asocian al liberalismo medidas como la eliminación del matrimonio entre personas del mismo sexo, la protección institucional de la Iglesia católica o la promulgación de leyes fiscales favorables a los ricos (SICAV, amnistía...), cuando lo cierto es que esas medidas proceden de una tradición intelectual distinta y mucho más pobre, la del conservadurismo. Ambos términos parecen estar indisolublemente unidos, y quiero explicar por qué: mi tesis principal es que, aunque son tesis en principio contrapuestas, suelen reunirse en las mismas personas. Pero empecemos por el principio.

Los filósofos de la política suelen construir sus tesis con la finalidad de defender un valor que consideran supremo: la libertad, la utilidad, la igualdad, la identidad, la capacidad, etc. Una vez discutida la validez de cualquiera de esos bienes para fundar una teoría de la justicia robusta, el siguiente paso es obvio: predicar su extensión en igualdad a todos los seres humanos. En este sentido amplio todos los teóricos de la justicia defienden la igualdad: simplemente no se ponen de acuerdo en qué debe ser igual para todos.

El bien que defienden los liberales es la libertad: todos tienen que tener un cierto acervo de derechos que pueden ejercer con plena libertad (libertad de conciencia, de credo, de expresión, de residencia, de circulación, de reunión, de asociación, etc., así como propiedad privada). Todos son iguales ante la ley, lo cual implica que no puede haber discriminación entre los sujetos que hay en el círculo de la moralidad: por eso todas las luchas de liberación que ha habido (abolicionismo, feminismo, movimiento por los derechos civiles, movimiento LGTB) han sido para ampliar ese círculo de la moralidad a personas inicialmente ajenas a él (esclavos, mujeres, negros, LGTB).

El liberalismo se detiene ahí, sin considerar las capacidades que hay detrás de esos derechos. O, lo que es lo mismo, le basta con concederle a todos libertad de conciencia sin pensar en todos los que no pueden formar una conciencia libre. Libertad de expresión, sin pensar en que habrá algunos que no sepan expresarse correctamente. Libertad de residencia, sin pensar en que existirán personas que vivan en chabolas. Como decía el revisor del tren en El viaje del profesor Caritat, “Puede usted pagar por permanecer en el tren o pagar por bajar al andén. En este país dejamos a la gente elegir”.

En definitiva, el liberalismo es ciego al hecho de que hay personas cuya capacidad para ejercer cualquier libertad es menor que la de otros, por lo que en la práctica su libertad es menor. O, en otras palabras, un iletrado trabajador fabril londinense no va a saber expresarse tan bien como un ilustrado profesor de Oxford, aunque los dos tengan en teoría la misma libertad de expresión. Un minusválido no puede ejercer su libertad de movimientos igual que alguien que no lo es, aunque ésta en principio sea la misma. Un pobre no puede elegir residencia con la misma libertad que un rico.

Este punto es importante porque es el nexo de unión entre las dos tradiciones. Como acabamos de ver, el liberalismo respeta las capacidades dadas por el contexto social. Al ser una ideología fuertemente meritocrática, asume que si alguien está por debajo de otro en capacidades es porque no puede llegar más alto, es decir, que es “natural” que esté así. Cuando este pensamiento irrumpe en la política europea, y después de los primeros estallidos revolucionarios, encuentra rápido acomodo entre las clases altas. Se viste muy pronto de un ropaje eclesiástico: si hay personas con menos capacidad para ejercer los derechos (sea esta incapacidad real o falsa, como en el caso de mujeres y negros) es porque Dios lo quiso así.

Muy pronto el liberalismo, que había empezado siendo una ideología liberadora, se vuelve conservador. Hay tentativas de recuperar un liberalismo progresista, más orientado a las capacidades, pero son superadas por la izquierda (como la alianza Lib-Lab en Gran Bretaña, que acabó con la quiebra total del Partido Liberal) o tienen que apoyarse en ésta (como en la Francia de la III República): los partidos liberales de izquierdas caían en una contradicción importante, pues atender a las capacidades implica dejar el liberalismo de lado. Por el contrario, el liberalismo conservador resulta más coherente.

Sin embargo, liberalismo y conservadurismo tienen programas políticos distintos. El liberalismo es laicista, librecambista y universalista; el conservadurismo es partidario de la posición institucional de la Iglesia Católica, proteccionista y particularista. ¿Cómo se articularon ambas ideologías en las cabezas de los liberales? Gracias a la increíble capacidad del ser humano para ser incoherente y al pragmatismo requerido en política: el pensamiento conservador pasó a guiar las cuestiones sociopolíticas mientras que el pensamiento liberal pasó a guiar (al menos parcialmente) el pensamiento económico.

Esta es la lógica que la mayoría de los autoproclamados liberales siguen hoy en día en España. Es la que define el pensamiento neoconservador, que en realidad no es otra cosa que la reedición de esa vieja alianza, consolidada por el hecho de que las elites económicas actuales han hecho su fortuna en un paradigma liberal globalizado. Y es contra la que se pretenden rebelar los teóricos neoliberales, que en realidad (y como ellos mismos dicen) no son otra cosa que liberales clásicos carentes de las limitaciones del conservadurismo. No es que yo apoye sus tesis, pero desde luego son bastante más coherentes e interesantes que el conservadurismo con olor a naftalina.

martes, 31 de mayo de 2011

Declaración de intenciones

Supongo que lo tradicional al abrir un blog es empezar con una descripción, o incluso con una breve historia. Y en nuestro caso, la historia comienza en Roma, en el año 63 antes de Cristo, siendo cónsules Marco Tulio Cicerón, conocido orador, y Gayo Antonio Hibrida, olvidable político. Ese año, Lucio Sergio Catilina, del partido de los populares, decide sublevarse contra la República: se gana a Hibrida y planea el asesinato de Cicerón. Por desgracia para los conjurados, Cicerón descubre su plan y lo desarticula, ejecutando a sus promotores.

La conspiración hubiera quedado como una más de las que se sucedieron en los últimos estertores de la República si no fuera porque inspiró uno de los discursos más brillantes de Cicerón: la primera catilinaria, que el cónsul le espetó al conspirador cuando se encontraron en la sesión del Senado. Es un discurso conocido por el puñetazo dialéctico con el que empieza: Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? O, en castellano, "¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?" Esa fue la primera noticia que tuvo Catilina de que le habían descubierto, y dicen que los senadores fueron apartándose de él mientras el cónsul desgranaba su discurso, hasta dejarle solo en el escaño.

Hoy en día, hay muchos que abusan de nuestra paciencia. Abusan de nuestra paciencia como ciudadanos, con una clase política endogámica y con el mismo sentido de Estado que un calamar. Abusan de nuestra paciencia como consumidores, con timos y magufadas de las más variadas especies. Y abusan de nuestra paciencia como personas normales que ya bastante tenemos con sacar adelante nuestra vida diaria como para además tratar de protegerse de puñaladas, traiciones, lameculismo y mediocridad rampante.

A todos ellos, a todos los que abusan de nuestra paciencia, les digo lo siguiente: os vais a cagar. Queda inaugurado este blog.

Vale.