Hoy he estado en una charla sobre
anarquía relacional. Se trata de un modelo de no-monogamia que propugna la no
adscripción de las relaciones afectivas que una persona tenga a categorías
tales como pareja, primo, amiga o amante, pues todas esas clases actúan como
limitadores. Si yo tengo una pareja se espera de nosotros que hagamos ciertas
cosas (dependiendo de la edad y del momento puede ser vivir juntos, casarnos,
criar prole…) que definen a esa categoría de relación. Yo no puedo hacer con un
amigo lo que hago con una pareja (el ejemplo más señalado es el de la crianza)…
salvo que esa persona y yo “subamos” de categoría (1).
La charla me ha parecido muy interesante,
pero de lo que quiero hablar es de algo que he pensado al margen. En el turno
de preguntas ha habido un debate entre la ponente y algunas personas que han levantado
la mano. Aunque todo ha transcurrido dentro de los cauces de la buena educación, no ha habido forma de que se pusieran de acuerdo porque parecía que estaban
hablando de cosas distintas. Al final me he dado cuenta: la que daba la charla
estaba hablando de paradigmas estructurales (la sociedad monógama, el poliamor,
la anarquía relacional) y las personas que preguntaban se referían a personas
(si tal persona hace cual, si mi abuela hizo lo otro).
Nos cuesta pensar en términos de paradigmas,
sistemas o estructuras. Tendemos incluso a personalizar, a decir que “el
capitalismo” busca tal cosa o que “el patriarcado” hace tal otra (2), olvidando
que las estructuras no son más que el nombre que le ponemos a un conjunto
complejísimo de relaciones humanas que siguen unas ciertas pautas o reglas. Por
sí mismas no “hacen” nada: son consecuencia de que las personas hagan cosas parecidas ante estímulos semejantes. Por la misma razón
solemos creer que una declaración sobre la forma en que funciona un sistema
queda refutada por una anécdota en la que se cuenta un caso en que no
funcionaron así.
Como las estructuras son tan grandes
permiten comportamientos aparentemente contradictorios. Por ejemplo: no se
puede negar que vivamos en una estructura social monógama aportando pruebas de parejas
donde ha habido cuernos, incluso aunque haya muchas parejas que de fieles sólo
tienen el nombre. Porque la estructura no sólo se define por lo que hace la
gente, sino por lo que la gente cree que hace, lo que la gente dice en público
que hace, lo que las leyes y las normas sociales dicen que tiene que hacer
la gente y, en definitiva, por lo que se espera que la gente haga. Por mucha
gente que haya que ponga cuernos la estructura social sigue siendo monógama,
porque los cuernos siguen siendo una traición de las expectativas que se supone
que tiene que generar una pareja.
Las estructuras también saben evolucionar
y adaptarse a nuevas condiciones, fagocitando la resistencia. Vuelvo a hablar
de la monogamia: ¿el matrimonio hasta la muerte ya no es viable por toda una
serie de razones? Pues que sea disoluble, pero que nada cambie. No hemos dejado
de vivir en una estructura centrada en la pareja monógama por mucho que el divorcio sea
legal y que haya quien prefiere no casarse: yo encuentro a una persona que me
gusta, me corresponde, nos mudamos juntos, nos casamos, nos divorciamos, “rehago
mi vida” encontrando a otra pareja… y en todo momento he estado centrando mi
vida en buscar a alguien que aguante mi asqueroso optimismo recién despertado y
mis manías a la hora de organizar la compra. No me he planteado otros modelos.
Otro error suele ser confundir la
estructura con las leyes que la protegen y asumir, en consecuencia, que porque
no hay leyes que prohíban una determinada conducta ésta puede realizarse sin
consecuencias. Ninguna ley impide a un niño de 5 años ir a clase vestido de
princesa, pero no lo va a hacer porque le han educado en que los niños llevan
otra ropa y porque sabe que si lo hace le van a llamar “princesa” hasta que
tenga edad de afeitarse. Nada obliga a las mujeres a afeitarse bigote, sobacos
y piernas, pero basta con ver las reacciones al #sobaquember de hace un año para entender que es una conducta socialmente sancionada. Y así sucesivamente:
que una conducta sea legal no quiere decir que no se eduque contra ella o que
no se critique fuertemente a quien la ponga en práctica, aunque no haga daño a
nadie.
Las estructuras o sistemas sociales (me
he centrado aquí en la monogamia, pero hay otros de sobra conocidos) configuran
la forma en que pensamos. Nos ayudan a tomar decisiones porque generan
expectativas que se cumplen, pero a la vez condicionan nuestra libertad. Creo que
nunca nos libraremos de ellas, porque son, lo repito, el nombre que le damos a
la forma en que actuamos colectivamente. Pero creo que podemos transformarlas
para que limiten nuestra libertad lo menos posible. Eso sí, hay que tener en
cuenta una cosa: más libertad significa menos expectativas… y más necesidad de
trabajar en los vínculos.
(1) Podéis encontrar más información aquí.
(2) Creo que en esta forma de hablar está
el origen de ciertas afirmaciones, hechas normalmente por varones con todo el
pack de privilegios, en el sentido de que “el patriarcado nos oprime a todos”
o, específicamente, “también me oprime a mí”.