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viernes, 27 de abril de 2012

Tarde de toros


La plaza estaba a reventar. No era para menos: toreaba el gran Juan Santos, prez del toreo, mejor matador del año, diestro entre los diestros, que desde que había tomado la alternativa se había elevado hasta el Olimpo de los toreros, hasta equipararse a grandes como Manolete, el Cordobés o José Tomás. La prensa específica era unánime: Santos superaba a todas esas leyendas. Su toreo, que incorporaba elementos tradicionales y nuevos, gustaba a todo el mundo: él solo había revitalizado el maltrecho arte de los toros, volviendo a popularizarlo. Las plazas se abarrotaban cuando él toreaba, y los revendedores ganaban más dinero con las entradas para verle que con las de los partidos entre el Madrid y el Barça.
Era el cuarto de la tarde, y Juan Santos había estado cumbre. Su manera de torear había puesto en pie a la plaza un total de seis veces. Ello permitió a una serie de figuras, sentadas en distintos puntos de la plaza, levantarse de su asiento sin ser advertidas y acercarse a la barrera. En el momento en que los encargados de la plaza se llevaban el cadáver, saltaron el burladero y pasaron a la arena.
Eran ocho, e iban vestidos de forma extraña. Uno de ellos llevaba una capa decimonónica y un antifaz. Otros tres llevaban sombrero y tres grandes lanzas, que posteriormente se descubrió que habían sido sustraídas del cubil de los picadores. Los otros cuatro, vestidos de blanco con brazalete rojo, no parecían ir armados.
El apoderado del torero, capitaneando a dos miembros del servicio de seguridad, se acercó a los invasores. Sin embargo, uno de los de blanco se abrió su gabán, sacó una uzi y le apuntó. La plaza contuvo el aliento, y tanto el apoderado como los dos gorilas se detuvieron: morir a tiros en la arena no entraba dentro de su sueldo.
Sin embargo, la atención del público estaba ya centrada en otro punto. Los cuatro de blanco se habían detenido, pero los demás invasores habían seguido avanzando hacia el torero. Éste, con la gran chulería que le caracterizaba, se dirigió a grandes pasos ante el enmascarado, que parecía el capitán de los invasores, exigiendo explicaciones. Sin embargo, su avance se vio brutalmente detenido, cuando uno de los tres piqueros le alanceó la corva.
El torero cayó al suelo, y de inmediato una segunda pica se le clavó en la espalda. Se revolvió, tratando de huir, pero los tres piqueros hacían bien su trabajo, y cuando intentaba salir siempre se encontraba con una de las lanzas dirigiéndose directamente hacia él. Se echó a llorar con el bramido de la multitud atronándole los oídos.
De repente, el enmascarado, que había estado observando toda la escena, hizo un gesto ampuloso. Los tres picadores pararon de inmediato. El capitán abrió su capa y mostró que, de forma inverosímil, llevaba una espada. La sacó, y el acero brilló al aire. La plaza enloqueció. ¡Aquél loco iba a matar a Juan Santos!
Sin embargo, el enmascarado cogió el arma con el que su rival había acogotado al cuarto de la tarde, que estaba tirada en el suelo, y se la lanzó al diestro.
-Lucha –le dijo.
Santos apenas podía levantarse. Los músculos de sus piernas estaban destrozados, y apenas podía tenerse en pie, pero aún así sostuvo la espada. El otro, en una posición perfecta de esgrima, le esperaba. Los tres picadores les rodeaban: cualquier posibilidad de huir estaba descartada. El torero, a la desesperada, hizo lo único que podía hacer: levantó la espada y cargó.
Durante unos tres segundos. Los que necesitó el enmascarado para hurtar su cuerpo de la trayectoria del enemigo y golpearle con el antebrazo. El torero volvió a caer al suelo, y soltó la espada.
-Recógela y lucha.
El diestro no podía más. Las lágrimas le impedían ver, y temía no ser capaz de matarse.
-Por favor…
-Lucha.
-No puedo…
-¡Lucha! –uno de los piqueros, a iniciativa de su capitán, alanceó al caído en la espalda.
Sacando fuerzas de donde no las había, Santos se levantó, agarró la espada y se dirigió, trastabillando, hacia su contrario. El otro simplemente hizo un movimiento displicente y de un golpe le arrebató el arma al diestro. Con mucho arte, se apartó de la trayectoria del tambaleante torero y le clavó la espada en un costado. El torero aulló, mientras la plaza rugía. Y luego, tres, cuatro, cinco pinchazos y pronto el torero estuvo en el suelo, herido en varios de sus órganos vitales y con la vida escapándosele por una decena de heridas.
Sólo entonces el enmascarado condescendió a acercarse al moribundo. Le tumbó boca arriba y se sentó en su pecho. Hizo una seña y uno de los picadores clavó su arma en la arena y agarró la cabeza al torero. La espada se alzó dos veces, cayó otras dos y entonces el torero ya no tenía las orejas. Sus berridos llenaron la plaza, pero su asesino no había terminado: mientras los otros dos piqueros sujetaban las piernas del torero, el espadachín rajó el pantalón y le cortó el rabo.
Y entonces ya fue la apoteosis. La Policía, que ya había llegado, irrumpió en la arena dispuesta a detener a los ocho miembros de la cuadrilla asesina, pero se vio superada. El público de la plaza, convertido en una marea humana henchida de sangre de hombre, se lanzó hacia la arena y rodeó al toreo. Uno de los mayores cronistas taurinos del país lloraba y le daba la mano al espadachín, llamándole “maestro”. Pero pronto se lo arrebataron: la muchedumbre alzó al torero de hombres y le sacó en hombros por la puerta grande.

miércoles, 18 de abril de 2012

Sobre las amenazas de la delegada del Gobierno

Dado que el 20 de abril no parece ser una fecha propiedad de los católicos, Cristina Cifuentes ha condescendido a no prohibirnos a los laicistas manifestarnos ese día. Sin embargo, en la resolución se hace una amenaza más propia de un matoncillo de barrio o de un macarra de recreativos que de toda una delegada del Gobierno. Concretamente se recuerda de manera un tanto impropia el artículo 525 CPE, que en su inciso 1 dice: 

1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.


Otro día argumentaré por qué es una locura mantener este tipo en nuestro Código. De momento, lo que quiero decir es que es una amenaza un tanto estéril: se está pretendiendo asustar a ciudadanos que ejercen sus derechos con el coco de un Derecho penal que no podría actuar más que en circunstancias muy concretas.

Me explico: en nuestro país, como en cualquier democracia liberal, las libertades fundamentales (como la de expresión) tienen fuerza expansiva. Eso quiere decir, grosso modo, que impregnan todos los ámbitos del Derecho y que ninguna autoridad puede desconocerlas u obviarlas, ni siquiera el legislador. A la hora de legislar tiene que ser proporcional: la defensa de otros bienes jurídicos (como los sentimientos religiosos) no puede vulnerar el contenido fundamental de los derechos.

¿Y ello qué implica, en nuestro caso? Que no se puede penar la blasfemia de forma genérica, porque cualquier cosa puede ser considerada blasfemia por creyentes más o menos extremos de una u otra religión. O, dicho de otra manera, que sólo se pueden penar los ataques deliberados a los sentimientos religiosos.

En la formulación del precepto es importante la preposición "para". El delito de escarnio se comete cuando hay un ánimo específico de escarnecer, no cuando se pronuncian palabras que otros consideran injuriosas. Es decir, cuando la expresión presuntamente escarnecedora haya sido pronunciada con otro animus (iocandi, criticandi, narrandi) diferente al iniuriandi no será punible, aunque se haya tratado de una expresión poco cortés o maleducada. En definitiva, que pasear una tetera por la calle con la evidente intención de parodiar (animus iocandi) no es en absoluto delito aunque pueda ofender a los meapilas.

Además, en un hipotético juicio sería el fiscal el que tendría que demostrar que existía ese animus iniuriandi que es necesario para castigar, y no hace falta decir que eso es algo muy difícil. Una cosa es probar el dolo (que el autor conocía el resultado de su acción delictiva y que lo quería); otra probar ánimos específicos como es el de escarnecer o injuriar. Y si el fiscal no lo prueba, se entiende que la presunción de inocencia no ha sido desvirtuada y no se puede condenar al acusado. Por eso probablemente Krahe sea absuelto de su acusación de escarnio por el vídeo del Cristo, y por eso las amenazas de Cristina Cifuentes no pasan de ser algo anecdótico.

martes, 17 de abril de 2012

¿Se puede juzgar al rey?

Portadean hoy los principales diarios españoles con la noticia de que el socio de Urdangarín ha inculpado al rey de una serie de gestiones a favor de su yerno hechas con Camps. Así que surge una pregunta: ¿se puede juzgar al rey? Bueno, en principio parece que no: el artículo 56.3 CE es claro cuando dice que “La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Es decir, que el rey es irresponsable por sus actos: no se le puede hacer responder por ellos, ni jurídica ni políticamente. Por sus actos públicos (como jefe de Estado) responderán los ministros que los refrenden; por sus actos privados (como ciudadano) no responderá nadie.

Ahora bien, ¿hasta dónde llega esa inviolabilidad? Es obvio que el rey no puede ser condenado, pero no lo es tanto que no pueda ser objeto de todos o alguno de los actos del juicio anteriores a la sentencia. Veámoslo.

Un juicio penal tiene dos grandes fases. La primera es la de instrucción (donde se forma el sumario), que tiene como objetivo averiguar qué ha pasado. No busca probar hechos, sino tener un relato más o menos coherente de lo sucedido: sobre éste, las partes probarán y debatirán. Una vez terminado el sumario, y siempre que el juez de Instrucción haya visto indicios de delito, se abre la segunda fase: el juicio oral o plenario, en el que las partes proponen prueba y argumentan jurídicamente, y que termina con sentencia condenatoria o absolutoria. Esta segunda fase no la lleva el juez de Instrucción sino el juez de lo Penal, la Audiencia Provincial o el Tribunal del Jurado según la naturaleza de los delitos.

Pues bien: a mí me resulta claro que el rey puede ser sometido a la investigación propia de la primera fase. En primer lugar, porque el rey no está exento de cumplir la ley, sino de responder por sus incumplimientos. Es una distinción muy sutil, pero que hace que si el monarca viola la ley esa violación sea un verdadero acto ilegal... sólo que no responderá por ella, cosa que podría perfectamente ser apreciada en el auto que termine el sumario, después de hacer toda la investigación.

Pero hay una segunda razón, más importante, por la cual convendría realizar investigaciones sobre el rey: porque se le está acusando de un delito en el que hay implicadas toda una serie de personas (según el titular, Urdangarín, su socio y Camps): ¿y si hubiera más implicados que aún no conocemos? ¿Y si el rey tuviera más pruebas contra los implicados que ya conocemos? Se trata de personas que no están amparadas por la inviolabilidad real, y dejar de investigar al rey podría conducir a su impunidad o a condenas inferiores a las que merecen, algo que no tiene ningún sentido jurídico.

Por ello, es claro que el rey puede ser investigado en la fase de instrucción. Sin embargo, también lo es que, cuando termine el sumario, el juez de Instrucción debe declarar el sobreseimiento libre del monarca, porque estamos en el supuesto de los artículos 637.3 y 640 LECrim: el rey está indudablemente exento de responsabilidad criminal por obra del artículo 56.3 CE, y por ello su caso no podría pasar al juicio oral.

No nos engañemos: en este país el rey no va a sufrir la instrucción de ningún procedimiento judicial. Pero he querido aclarar que perfectamente podría sufrirlo para, con suerte, convencer a quienes sólo han visto en este asunto el artículo 56.3 CE.

domingo, 1 de abril de 2012

Ateísmo gilipollas

Un buen escéptico tiene que ser crítico, ante todo, con los actos de la gente de su bando. Por ello, en diferentes medios he criticado cosas como la posible complicidad de James Randi con un caso de inmigración ilegal o la propuesta de construir un templo ateo en el centro de Londres. Hoy le toca el turno a David Osorio, autor de un blog escéptico, que hace unos días publicitaba ufano que él y unos amigos suyos se metieron en una iglesia y parodiaron una confesión mientras los fieles allí presentes celebraban una eucaristía.

[Entre que vi su blog y escribí esta entrada ha puesto un disclaimer donde se descarga de responsabilidad y entiende que el acto fue descortés. Los siguientes párrafos deben leerse, por tanto, no como crítica a Osorio sino a las verdaderas personas que tomaron parte en la anécdota y a su actitud]

El acto en sí es una machada, una infantilada que no conduce a ningún sitio. Osorio se precia de saber conocer la diferencia entre el derecho a la libertad religiosa (que ningún demócrata liberal puede cuestionar so pena de perder cualquier clase de credibilidad que tenga) y el contenido de dicha libertad (que admite críticas y burlas en ejercicio de la libertad de expresión). Sin embargo, sus actos demuestran que no lo conoce tan bien: interrumpir una ceremonia religiosa es sin duda un ataque a la libertad religiosa en su sentido externo, es decir, al derecho a participar en ritos religiosos sin ser molestado ni coaccionado en contra.

La libertad religiosa no consta sólo de la vertiente interna de creer en dioses sino también de contenidos externos como pueden ser la participación en actos de culto, la recepción y emisión de información sobre su religión o la asistencia religiosa. En cuanto a los actos de culto, dado que se suelen hacer colectivamente, están amparados por otra libertad constitucional: la de reunión. A este respecto resulta ilustrativo el artículo 2 de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa española, especialmente cuando dice lo de la “inmunidad de coacción”.

Sin embargo, supongamos que la iglesia hubiera estado vacía, que no hubiera habido fieles dentro. Aún entonces no apruebo realizar la parodia de confesión, aunque ahora más por un argumento ético que jurídico. No se habría visto vulnerado derecho alguno, por lo que el hecho no debería ser punible (aunque en España lo es), pero desde luego no hubiera sido algo bueno para la causa del laicismo. Me explico: lo que cualquier ateo demócrata quiere es la laicidad del Estado, es decir, que las creencias queden en el ámbito de lo privado y lo social sin pasar a ser patrocinadas por el Estado. Por ello, resulta una grave incongruencia entrar en ese mismo ámbito privado como un elefante en una cacharrería.

Me cuesta hablar aquí de “falta de respeto”, porque lo cierto es que yo no tengo respeto alguno hacia las religiones. Sin embargo, entiendo que la irrupción de personas en una iglesia para burlarse de las creencias profesadas en esa misma iglesia pique a los creyentes, porque es una descortesía patente. Es como si se mete alguien en tu casa a burlarse constantemente de tu modo de vida, tu sexualidad o tu manera de cocinar huevos fritos: esa persona no estará vulnerando tus derechos y podrá emitir legítimamente sus opiniones, pero desde luego puede irse un poquito a la mierda. Creo que esto mismo es lo que muchos pensamos cuando un cura opina sobre cuestiones tan personales como el aborto, los anticonceptivos o la eutanasia.

Los perpetradores de esta gamberrada están actuando como una especie de iglesia atea: meterse en la vida privada de las personas a criticar sin que nadie les haya invitado es muy clerical, y de hecho las confesiones lo hacen a menudo. Una cosa es criticar y burlarse de las religiones y otra pasar al ad hominem, al ataque a la convivencia y a la descortesía sin razón. La anécdota me plantea la pregunta de si de verdad los ateos estamos dispuestos a vivir así, metiéndonos en la vida privada de los demás y envenenando la convivencia social. ¿Que los obispos hacen exactamente eso? Por supuesto, y seré el primero que les critique por ello, pero lo que desde luego no voy a hacer es copiarles la conducta.

martes, 27 de marzo de 2012

Sobre la "procesión" atea

Estando aún pendiente de que se resuelva el recurso y el TSJ-M nos diga si los ateos podemos o no podemos manifestarnos en Semana Santa, ando leyendo información al respecto. En uno de estos saltos que se dan por Internet he acabado en un blog, curiosamente alojado en los servidores de El Mundo, donde se justifica la manifestación atea en palabras muy claras. Obviamente, estando alojado donde está alojado, pronto han empezado los comentarios de católicos con los consabidos argumentos sobre el Islam, la falta de respeto y demás retóricas. 

Se me han hinchado un poco las narices y he escrito un largo comentario en respuesta genérica a esos argumentos y a uno de los comentaristas, que afirmaba sentirse atacado por ser católico. Pero luego ha resultado que he superado el límite de caracteres permitido, así que lo he colocado aquí. Helo:

En primer lugar, dejar clara mi posición. Soy ateo. Todas las religiones me parecen por igual una colección de leyendas más o menos interesantes con unas enseñanzas morales más o menos aceptables. Las hay más ultramontanas (Islam, como nos demuestra el reciente caso de Amina, o los evangélicos) y las hay que más o menos están domesticadas (como la católica).

Soy laicista. Pretendo que el Estado sea laico, no que lo sea la sociedad. No pretendo prohibir que los católicos se manifiesten, ni que el muecín llame a la oración ni que los hare krishna den la barrila por la calle. Si por mí fuera las manifestaciones neonazis o de la izquierda abertzale (ideas ambas de carácter extremo y con las que no comulgo en absoluto) estarían permitidas. Vivo en una democracia liberal, donde todos tenemos derecho a expresarnos. 

Ese mismo respeto lo pido para mí. Quiero poder manifestarme contra el seguidismo que tiene este Estado, tanto cuando manda el PP como el PSOE, hacia la jerarquía católica. Y quiero poder hacerlo cualquier día. Sí, incluso en Semana Santa. Los recorridos propuestos por los organizadores no coincidían, ni siquiera lejanamente, con el recorrido de ninguna procesión. Sin embargo, han prohibido la "procesión" atea atendiendo a razones genéricas de  seguridad. No han pactado otro recorrido, no han autorizado y organizado un dispositivo de seguridad: no, la primera forma de actuar de Delegación del Gobierno ha sido cercenar un derecho fundamental de forma totalmente desproporcionada. 

¿Que ese mismo día hay personas ejerciendo ese mismo derecho fundamental en otras calles? Pues bueno, ¿y? Que cada uno lo ejerza en paz y que si cualquier exaltado va a fastidiar a la otra manifestación, que se le detenga y ya está, que la Policía está para eso. Y si no, ¿qué? ¿Dónde está el límite? En los 500 metros no, desde luego. ¿En el kilómetro, en los 10 kilómetros, en el término municipal? ¿Me puedo manifestar contra los privilegios de la Iglesia en un pueblo donde no sacan Cristos a paseo y en el vecino, que es de población más meapilas, no? ¿Tiene eso algún sentido?

También se dirá que los organizadores de la procesión atea la han convocado ese día atendiendo a cálculos estratégicos para obtener una mayor visibilidad. Pues claro, ¿y? Los periódicos ejercen su libertad de expresión según y cómo para no perder anunciantes, los trabajadores ejercen su derecho de huelga cuando más daño pueden hacer, los ciudadanos alegan su derecho a la intimidad cuando tienen algo que ocultar. Son comportamientos legítimos, y manifestarse en Semana Santa contra los privilegios de la Iglesia también lo es.

Es cierto que se puede concebir como una falta de respeto, pero en una democracia el respeto sólo puede abarcar los derechos, no lo que se hace con ellos. Yo respeto el derecho de cualquiera a decir lo que quiera, pero cuando viene cualquier personaje con proyección pública y dice una barbaridad o una tontería me río de lo que ha dicho. Pasa lo mismo con la religión: que yo, como demócrata, valore la libertad religiosa no quiere decir que las religiones no me parezcan un conjunto de tonterías perniciosas para la sociedad y que parodiarlas me parezca divertido. ¿Y qué mal hago con ello? ¿Qué derechos prohíbo, limito o condiciono? Ninguno en absoluto.

Para terminar, #24 dice que tiene miedo de expresar públicamente sus creencias. Le aconsejo que deje de rodearse de indeseables, porque cualquiera que genere a otro una situación de miedo por expresar sus creencias es un indeseable. Pero usted puede sacar una valiosa lección: ahora es capaz de comprender cómo se sienten (nos sentimos) muchos ateos  al decir que no creemos en dioses, no, de verdad, en ninguno, confianza no es creencia, la ciencia no es un dios, no voy a matarte y a violarte, etc. etc. etc. 

España es una sociedad secularizada, pero EE.UU. es un horror a ese respecto: allí declararse ateo es, generalmente, firmar una sentencia de muerte civil. Dado que en los Estados occidentales ésta ha sido la norma durante siglos, ¿de verdad le sorprende que los ateos luchen (luchemos) por sus derechos a expresar sus no creencias, a reivindicar una ética laica y a tratar de arrancar al Estado de brazos de la religión? No creo que lo haga, la verdad.

A España le queda aún un paso para convertirse en una sociedad democrática, y es dejar de esperar que el Estado nos tutele ante cualquier cosa que concibamos como una falta de respeto. Burlarse de las ideas de otros es parte integrante de la libertad de expresión, y tragar con ello es un requisito necesario para la democracia. ¿Que es discutible desde el punto de vista ético? Probablemente, pero aquí no hablamos de eso: hasta que la sociedad española no deje de tener facciones que presionan al Estado para que otras facciones no puedan manifestarse por lo que creen juntos, España no será una verdadera democracia.

viernes, 23 de marzo de 2012

Ciencia, deporte y cortoplacismo

Hoy he estado hablando con una profesora. Ninguno de los dos somos científicos, sino juristas, pero ambos hemos coincidido con que la peor medida que podía haber tomado este Gobierno desde que llegó al poder es el brutal recorte en ciencia. La reforma laboral, la reforma penal anunciada por Gallardón y el resto de barbaridades que se os puedan ocurrir son consecuencia lógica de la ideología o estupidez de nuestros gobernantes, y tenemos que pechar con ello. Pero el recorte en ciencia es inexcusable: no es una cuestión de izquierdas o derechas, es una cuestión de cortedad de miras y de cortoplacismo.

Nuestros gobernantes no ven que la ciencia, aunque no dé resultados en el término de una legislatura, es lo que va a impedir que nos hundamos en la mierda cuando haya otra crisis. Y sin embargo, parece que en otras áreas sí que saben pensar a largo plazo: mi profesora me ha hablado del deporte. “Si el deporte español está tan bien ahora”, me ha dicho, “es por las ayudas y las becas ADO, que llevan funcionando desde las Olimpiadas de 1992. Si ahora se cortan esas ayudas, cuando la actual generación de deportistas pase España no volverá a destacar en deportes hasta que dentro de 40 años alguien las resucite”.

Me ha parecido curiosa la reflexión. Nunca me he parado a preguntarme (nunca me ha interesado) por qué estos años parecen acumular éxitos sin precedentes del deporte español, y no me podía imaginar que la razón fuera un programa de financiación sólido. Pero es que si uno lo piensa bien, la ciencia y el deporte son, en cierto sentido, semejantes: cuesta muchos años y mucho dinero formar tanto a un buen deportista como a un buen científico, y si personas con capacidades para llegar a ser ambas cosas no son seleccionadas, motivadas y subvencionadas a tiempo nunca podrán desarrollar su potencial. Si los deportistas españoles no tuvieran las ayudas estatales que tienen (por lo menos hasta el momento en que empiezan a ganar dinero de verdad) se irían de España en cuanto pudieran; como los científicos españoles no sólo han visto recortadas las ayudas sino también los presupuestos de sus centros de trabajo, se van de España.

El problema es que la ciencia no es deporte: del deporte de elite, los mundiales y las medallas de oro se puede prescindir; de los centros de investigación no. Sin embargo, y cuando vienen mal dadas, el político recorta en ciencia y no en deporte, y el ciudadano de a pie cuando se entera (si se entera) aplaude con las orejas o como mínimo es indiferente. ¿Por qué? ¿Acaso no entienden que la lógica es la misma, que si dejas de poner dinero luego no vale volver a inyectarlo porque hay que empezar de cero? ¿O es que a nadie le importa?

Mucho me temo que es esto último, y así nos va: en España nos vamos a quedar los abogados y los peones de la construcción.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Minas y vacunas

Supongamos que un padre decide poner a su hijo (menor de edad, pongamos que de 10 años) a trabajar en un campo de minas. El trabajo consiste en encontrar, desenterrar y desarmar minas para que dejen de ser peligrosas: por supuesto, hay altas posibilidades de que el niño acabe perdiendo una pierna, las dos o la vida.

Es muy posible que, en esas circunstancias, cualquiera de nosotros nos dirigiéramos al padre y le echáramos en cara su conducta. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos dijera algo de lo siguiente:

1)     “En realidad no hay peligro: las estadísticas demuestran que las muertes de niños por pisar una mina llevan treinta años descendiendo. Las razones no son que los padres hayan dejado de llevar a sus hijos a los campos de minas, sino que ahora los niños tienen cuerpos más fuertes por efecto de otros factores”

2)     “Hay minas por todas partes: yo conozco niños que no trabajan en ningún campo de minas y aún así han pisado minas.”

3)     “La industria del calzado quiere que saquemos a nuestros hijos de los campos de minas porque así pueden vender más zapatos. Por ello, crean el bulo de que no ir a un campo de minas es una medida efectiva contra pisar una mina.”

4)     “La industria del calzado hace que las calles estén llenas de elementos químicos peligrosos para las suelas, que cronifican la necesidad de ir a comprar zapatos o que son tóxicos por sí mismos. Prefiero exponer a mi niño a que pise una mina que a esos elementos”

5)     “No pisar una mina puede tener efectos más graves que pisarla. Un estudio publicado en Minología demostró que los niños que no trabajaban en campos de minas tenían muchas más probabilidades de ser atropellados por un autobús, pero la industria del calzado presionó para que se retirara”

6)     “Quiero que mi hijo pise alguna mina, así su cuerpo aprenderá a tratar con las explosiones. De hecho, organizo fiestas de minas con otros padres”

7)     Y el argumento supremo: “si tú quieres exponer a tus hijos a los riesgos de no meterles en un campo de minas, allá tú. Pero mi libertad me permite elegir, después de informarme, lo mejor para los míos, y eso es que se dediquen a limpiar minas.”

En el mejor de los casos, nos retiraríamos asombrados de que alguien sea capaz de exponer a sus hijos a un peligro tan grande sin ningún argumento a favor. En el peor, pediríamos la tutela del Estado para quitarle a semejante loco la guarda y custodia de sus hijos: es obvio que una persona con esas creencias no puede garantizar la seguridad de nadie.

Y sin embargo hay padres que lo hacen. Dado que en España estamos un poco faltos de campos de minas, su forma de poner estúpidamente en peligro a sus hijos es no vacunarlos. Les colocan en un campo de minas infeccioso y se congratulan por ello, dándoselas de informados y alternativos, citando el falso estudio de Wakefield y haciéndole el juego a las farmacéuticas que dicen despreciar.

Haciéndoles el juego, sí: una vacuna es muy barata de producir, por lo que una farmacéutica no gana mucho con ella. Un tratamiento completo para una enfermedad de las protegidas por una vacuna es sensiblemente más caro. Probablemente, si por las farmacéuticas fuera no se venderían vacunas sino que se le endosaría a los Gobiernos carísimos tratamientos de curación para que éstos los vendieran subvencionados. Digámoslo claro: la industria del calzado y la de las piernas ortopédicas es la misma, y le resulta mucho más rentable vender piernas ortopédicas que zapatos. Cuando la mina explota, los padres pueden felicitarse de haber frustrado las expectativas de vender zapatos de las malvadas zapateras, pero inmediatamente después comprarán piernas ortopédicas.

Nada justifica que los padres pongan a sus hijos en el campo de minas infeccioso que supone no vacunarles. Ninguno de los débiles argumentos antivacunas (autismo, Thimerosal, conspiración farmacéutica, miedo a la química...) triunfa ante el principio del interés del menor: las vacunas han demostrado probadamente su eficacia, y ninguna libertad autoriza a los padres a privar a sus hijos de ellas.