miércoles, 21 de septiembre de 2016

El escaño de Rita Barberá

Rita Barberá es una persona que, así como concepto, da mucha rabia. Corrupta hasta la médula, revalidó vez tras vez la alcaldía de Valencia (24 años seguidos de alcaldesa, que se dicen pronto) hasta que en 2015 sufrió un revolcón considerable: pasó de una mayoría absoluta a tener 10 concejales de 33. El PP rápidamente le dio una patada hacia arriba y la envió al Senado, donde se aferra con uñas y dientes a su escaño.

Lo último que sabemos de ella es que ha sido encausada por un presunto delito de blanqueo de capitales. Al ser aforada, la instrucción y enjuiciamiento corresponden al Tribunal Supremo, que ya ha designado a uno de sus miembros para que investigue. El PP le ha pedido que renuncie a su escaño pero no lo ha hecho: se ha ido del partido y ha pasado al Grupo Mixto. Y surge la duda: el PP ¿no puede obligarle a dimitir como senadora?

La respuesta es negativa. En todos los órganos colegiados electos (Pleno de un Ayuntamiento, Asamblea de una Comunidad Autónoma, Congreso, Senado) el escaño es de la persona, no del partido. Puede resultar extraño. Al fin y al cabo, los concejales, diputados y senadores funcionan como correas de transmisión de las decisiones de sus partidos. No tienen ninguna autonomía. Y sin embargo, resulta que el escaño les corresponde y si quieren, por ejemplo, ser tránsfugas o agarrarse al sillón, no se puede evitar. ¿Cómo es eso?

La idea deriva del parlamentarismo clásico, que aborrecía los partidos. Según esta postura, el Parlamento representaba a la voluntad nacional, y eso sólo podía lograrse si cada diputado era libre para decidir el sentido de su voto. Además, las elecciones se realizaban en pequeños distritos uninominales. Esto quiere decir que cada distrito elegía a un solo diputado (1). Los candidatos hacían campaña por sí mismos y el que salía elegido sabía que el cargo se lo había ganado él convenciendo a la mayor parte de electores. Ellos eran los que le habían votado y los que dejaban de hacerlo si querían: los candidatos y los votantes eran los únicos factores en la ecuacuón (2).

Durante el siglo XIX van a ir apareciendo los partidos. Éstos fueron, en primer lugar, agrupaciones de diputados con muy escasa presencia fuera del Parlamento. No tenían estructura orgánica: eran más bien medios para que los diputados de tendencias políticas similares se coordinaran entre sí. Sin embargo, a lo largo del siglo XX fueron ganando más y más poder, y así llegamos a la actualidad.

En España, la posición central de los partidos políticos está recogida en el artículo 6 de la Constitución. Estas organizaciones copan por completo la política: es casi imposible presentarte a las elecciones si no formas parte de una de ellas. Da igual lo que opine cada diputado, senador o concejal: lo único que importa es cuántos de estos cargos pertenecen a cada partido, porque se asume que votarán siempre de manera unitaria. Sin embargo, los principios no se han revisado, y se sigue entendiendo que el escaño es de la persona que lo ocupa.

Vale, el PP no puede echar a Barberá. ¿Y los electores que la nombraron senadora? Pues vamos a verlo, teniendo en cuenta que Barberá no es senadora de elección popular. Me explico: algunos senadores no son elegidos por el pueblo sino por las Asambleas de las Comunidades Autónomas. En esta designación se tiene en cuenta la pluralidad de dichas Asambleas: en la práctica, lo que se hace es distribuir el número de senadores que elige cada Asamblea entre los grupos parlamentarios que la forman. Éstos tienen, por lo tanto, bastante libertad para designar a quien quieran. Fue eso exactamente lo que pasó cuando Barberá perdió la alcaldía de Valencia: el PP valenciano la designó senadora a toda prisa.

Ante esto se plantea la pregunta: ¿y no es posible que las mismas Corts valencianas que nombraron senadora a Barberá le retiren el nombramiento? No, no lo es. La ley valenciana que regula el asunto no menciona la posibilidad en ningún momento. En principio, en nuestro sistema político está prohibido el mandato imperativo, es decir, la posibilidad de que los electores les den instrucciones a los elegidos. Los diputados son independientes. Es otro resabio del parlamentarismo clásico: los diputados deben buscar el bien de la nación, no ventajas para el distrito por el cual salieron elegidos. Si permites que los votantes (sean ciudadanos o sean miembros de una Asamblea legislativa) revoquen el cargo del parlamentario, estás introduciendo un mecanismo que facilita el mandato imperativo.

Por eso mismo, la moción que se aprobó el otro día en las Corts valencianas pidiéndole a Rita Barberá que deje el Senado no tiene valor jurídico ninguno. Es una petición muy fuerte políticamente, sobre todo porque es unánime (3), pero jurídicamente no vale ni para limpiarse el culo. Una vez designada senadora, nadie puede mover a Barberá de su silla si ella no quiere levantarse. Todas las normas del parlamentarismo clásico lo impiden.

El problema con todo esto, claro, es que el parlamentarismo clásico está más que desactualizado. Se trata de una teoría política creada para un Parlamento de señores burgueses que han sido elegidos por un pequeño círculo de personas con dinero que residen en una provincia lejana y mal comunicada con la capital. Mantener en el siglo XXI los mismos postulados que en el XVIII es absurdo y genera problemas como éstos.

En algunos países se ha empezado a implementar una solución: el referéndum revocatorio (4). Es justo lo que parece: una consulta popular, promovida normalmente por un grupo de ciudadanos descontentos, que si triunfa tiene el efecto de destituir al cargo político afectado. Es un mecanismo de democracia participativa, que evita el efecto “cheque en blanco”. Los diputados saben que el electorado puede echarles en cualquier momento y eso disciplina. Cuando, como en este caso, los electores son los miembros de una Asamblea legislativa, se trata de un mecanismo muy fácil de implementar. De hecho, Podemos ha propuesto modificar la ley valenciana precisamente para darle a las Corts la posibilidad de destituir a los senadores designados (5).

El revocatorio no es un mecanismo perfecto. Por ejemplo, puede utilizarse como instrumento de los partidos grandes para expulsar a los diputados molestos de los partidos pequeños. Además, encaja mejor en sistemas electorales uninominales, donde se vota al candidato y no al partido. Pero todos estos problemas dependen mucho de la concreta ejecución que tenga en cada país. En Venezuela, por ejemplo (artículo 72 de su Constitución), la revocatoria sólo puede plantearse por un 20% de los electores y una vez haya transcurrido la mitad del mandato del cargo a revocar. Además, se exige una mayoría cualificada: deben apoyar la revocación más electores de los que votaron inicialmente al candidato. En tercer lugar, sólo puede plantearse una revocatoria por mandato. Se trata de límites razonables y que limitan el ejercicio extemporáneo de esta institución.

Así que yo apoyo la inclusión del referéndum revocatorio en España. Me parece un mecanismo de control cuyas ventajas superan los inconvenientes que puedan plantearse. Y sí, significa una superación del parlamentarismo clásico y de la democracia representativa. Que creo que ya nos iba haciendo falta.





(1) Así se sigue haciendo en Reino Unido y en muchos otros países.

(2) Eso en países donde el sistema funcionaba bien. En España los diputados eran elegidos por los caciques que, según la época, estaban más o menos controlados desde el Gobierno.

(3) Sí, la ha firmado el PP autonómica. El mismo partido que la designó hace año y medio, y que por supuesto era totalmente ignorante de las graves acusaciones que pesaban sobre ella. Pobrecillos peperos, Barberá les engañó.

(4) Algunos territorios suizos y estadounidenses lo tienen previsto desde el siglo XIX o principios del XX, pero a nivel nacional se empezó a poner “de moda” desde que se incluyó en la Constitución venezolana de 1999.

(5) Dado que la prohibición del mandato imperativo está incluida en la Constitución (artículo 67.2), probablemente esta reforma acabe siendo declarada inconstitucional. Pero oye, es un intento.



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sábado, 17 de septiembre de 2016

Elogio del maquinista

Cómo cambian las noticias según qué fuente tomes, ¿eh? Pongamos, por ejemplo, el tema del maquinista de RENFE que se negó a seguir conduciendo porque había terminado su jornada de trabajo. Eso hizo que más de 100 personas se quedaran tiradas y que la empresa tuviera que ponerles unos autobuses de emergencia. Las primeras noticias parecían provenir de estos pasajeros, comprensiblemente cabreados. Los titulares ponían al conductor a caer de un burro y se pudieron leer tuits maravillosos, donde incluso personas supuestamente de izquierdas se quejaban de la actuación de ese trabajador. Mi favorito es el que comparaba al maquinista con un médico: que qué pasa si un cirujano se va a su casa sin terminar la operación.

Leyendo estas versiones, parecía que el maquinista conducía vigilando el reloj, de tal forma que cuando terminó su horario paró el tren en medio de la nada (“¡ni un minuto de más a la empresa!”), se bajó y se fue a su casa en, no sé, una bicicleta que tenía guardada. Malvado sindicalista. Luego, los periódicos ampliaron sus fuentes y se supo la verdad: el maquinista llegó al punto donde tenía que bajarse para ser relevado (el pueblo palentino de Osorno), no había relevo y se negó a seguir conduciendo porque, entre otras cosas, la ley y las más elementales consideraciones de seguridad no se lo permitían. También se ha publicado que el maquinista avisó en varias ocasiones de la situación antes de dar el paso definitivo.

La analogía con el médico queda un poco tocada. Se convierte en algo así: ¿qué pasa si un cirujano está saliendo por la puerta después de su jornada de trabajo y viene el jefe a decirle que tiene que operar a uno que acaba de llegar, porque él no ha previsto bien las sustituciones (1)? Este matiz es importante. La culpa de que no hubiera un sustituto en Osorno es de la empresa. Es el empresario el que se encarga de organizar la actividad, de vigilar que los turnos se cumplan y de que todo el mundo tenga algo que hacer. Ése es, literalmente, su trabajo. Si no lo cumple, ¿por qué va a hacer el trabajador algo que no le corresponde?

Como siempre, Menéame tiene la respuesta. El otro día, en plena orgía de desinformación, los filósofos que comentan en esa página tan maravillosa hablaban de profesionalidad y de cumplir con los objetivos de la empresa. ¿Perdón? A mí lo que me parece profesional es dejar de hacer tu trabajo cuando empiezas a acusar un cansancio que te impide hacerlo correctamente. Los límites máximos a la jornada de trabajo están precisamente para eso. Las jornadas maratonianas son malas siempre, pero en los trabajos de los cuales dependen vidas (conductores, médicos) son inasumibles.

En cuanto a lo de cumplir con los objetivos de la empresa… en fin. Para empezar, RENFE es una entidad pública empresarial, por lo que su objetivo no es ganar dinero sino prestar un servicio público. Y mal servicio público prestará un conductor que puede tener un accidente en cualquier momento. Pero es que da igual. Aunque fuera una empresa privada: ¿por qué va a tener el trabajador que alinearse con los objetivos de la misma? Vamos a repetirlo una vez más: el trabajo es ese sitio al que vamos porque nos da el dinero que necesitamos para vivir. Si trabajamos en algo que nos gusta, miel sobre hojuelas, pero no estamos ahí para eso. Y no tenemos la obligación de hacer nada más que lo que exigen el contrato y el convenio aplicable.

No me voy a poner marxista ni voy a usar palabras como “plusvalía” o “alienación”, que siempre asustan a la gente. Voy a limitarme a contrastar un hecho muy básico. ¿Qué quiere el empresario de sus trabajadores? Que trabajen el máximo posible a cambio de la menor cantidad de dinero que pueda pagar. ¿Qué quieren los trabajadores de su empresario? Que les dé el salario más alto que puedan sacarle y que les exija la menor cantidad de horas de trabajo posible. El ideal del empresario es tener esclavos (2); el del trabajador, el poder vivir sin necesidad de trabajar.

¿Es posible armonizar esas dos posiciones? En el corto plazo sí, y para eso existe la lucha sindical, los convenios colectivos y la legislación laboral. Pero en última instancia son posturas completamente opuestas. Y por eso está genial que haya trabajadores que se planten. Que digan “hasta aquí” y que se limiten a cumplir con lo que les toca. Que se olviden de la empresa y miren, de una vez, por sus intereses.










(1) Al margen de que no es lo mismo un cirujano, de cuya actuación a lo mejor depende una vida, que un maquinista de tren, que si deja de conducir su máquina lo único que pasa es que unas cuantas personas llegan tarde a lo que tengan que hacer.

(2) Pero sólo él. En las demás empresas, que se paguen buenos sueldos para que compren sus productos.




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martes, 13 de septiembre de 2016

Cazafantasmas: una crítica sin nostalgia

Tengo que hacer una confesión: cuando era pequeño no vi Cazafantasmas. Tengo recuerdos de la serie animada y de algunas escenas de la segunda película, pero nada sobre la primera. Quizás la vi y era demasiado crío como para acordarme. En todo caso, eso ha tenido su efecto: a mí esa cinta no me produce nostalgia. Los nombres de Peter Venkman, Ray Stantz, Egon Spengler y Winston Zeddermore no me remueven nada ni me recuerdan a aquella época maravillosa donde mis únicas obligaciones eran hacer los deberes. Por ello, cuando hace un mes me bajé la película, iba con la mirada bastante limpia.

Y me pareció una mierda gigante.

Me la había bajado para saber qué era aquella maravilla, aquel Ciudadano Kane de la comedia ectoplasmática que tantas infancias rotas provoca si se le hace un remake protagonizado por mujeres. Y me encontré con una chorradita, una película que nunca fue muy buena y que además ha envejecido muy mal. Esto me hace concebir una teoría: si los fans pesaos odian tanto la versión de 2016 es porque les escuece en lo vivo que ésta haya superado a su mitificada cinta ochentera en todos y cada uno de los aspectos.

Esta afirmación parece provocadora, pero voy a intentar argumentarla. Por supuesto, el resto de la entrada contiene spoilers tanto de la cinta original como del remake.

Las protagonistas: estamos ante la principal baza de la cinta. La original era la historia de Peter Venkman y sus tres ayudantes, uno de los cuales (Winston) no se incorpora al equipo hasta la mitad del metraje y no tiene la más mínima relevancia posterior. Aquí no. Los cuatro miembros del equipo brillan con luz propia y tienen sus momentos de gloria y sus escenas épicas. Pero a la vez, ninguna deja de ser una perdedora, un bicho raro que ha recibido malas cartas y hace lo que puede con ellas. Creo que la escena de Abby, Holtzmann y Patty dejándose robar el coche por un fantasma glotón es la esencia de Cazafantasmas.

Cada personaje es un trasunto de los miembros originales del equipo. De Erin no tengo gran cosa que decir, porque es la que menos brilla en comparación con su correspondiente. Pero en las otras tres se produce un avance notable. Patty y Holtzmann les dan sopas con honda a Winston y a Egon: donde éstos son personajes planos (el primero) o chistes con patas (el segundo), sus dos contrapartes tienen personalidades definidas. En la versión original eran trasfondo para Venkman; en el remake comparten protagonismo y tienen sus propias motivaciones. Es una mejora notable.

A Abby le pasa lo mismo, y además el guion hace otra cosa muy bien: es un personaje gordo (1) tratado con un respeto exquisito. No hay una sola broma sobre su peso ni una sola escena donde el chiste sea que come mucho. Es cierto que uno de las gags recurrentes tiene que ver con la comida rápida que consume, pero el mecanismo humorístico es que siempre se la traen mal (o con demasiado caldo o con demasiado poco) y eso le causa una frustración cómica.

En definitiva, se han tomado dos decisiones muy buenas: mantener al equipo de perdedoras y darle más relevancia a los personajes de Abby, Holtzmann y Patty.

El ritmo: la primera parte de la cinta original es lenta. Mucho. Luego ya remonta, pero durante el primer tercio me estuve preguntando casi a cada minuto qué hacía viendo aquello y por qué no apagaba el ordenador y me iba a hacer algo productivo. Tenía el temor de que me pasara lo mismo con la nueva… pero me atrapó desde el minuto 1. Las escenas se encadenan sin dejar una sola pausa al aburrimiento.

Los secundarios: los fans de la saga se quejan de que el personaje de Kevin está claramente sexualizado y es motivo de burlas, al contrario que Janine, la secretaria del film original. Efectivamente, esto es así: Janine era un personaje activo, mordaz e irónico. El guion se lo permitía porque era fea, es decir, no era el interés romántico del ligón de Venkman. Por el contrario, Dana, la atractiva clienta con la cual termina liado el jefe de los Cazafantasmas, cumple justo con el rol de damisela en apuros: guapísima, pasiva, acaba siendo poseída por un fantasma babilónico que quiere volver a este plano de realidad.

Kevin es un trasunto de Dana, no de Janine, aunque le hayan colocado en el rol del secretario. Y también es una venganza por todos los personajes femeninos sin personalidad cuya única finalidad es darle un objetivo al héroe y calentar la entrepierna del espectador masculino. Porque Kevin está ahí para eso: es claramente imbécil y ocupa un rol pasivo en la película. Simplemente sirve para que le posea un fantasma. Todas las decisiones que toma son absurdas, ayudan al malo o no valen para nada.

Ah, sí, y Kevin está cosificado. No quiero decir que esté sexualizado o que sea un personaje sexual. Me refiero a que se le presenta en pantalla como un mero trozo de carne con ojos. Una cosa para hacer bonito, que puede sustituirse por una lámpara sexy sin que la trama se resienta. No sirve para que el público masculino se identifique con él, sino para que las espectadoras fantaseen con cómo se lo follarían (2). Esto queda muy heteronormativo, pero parece obvio que es justo lo que han intentado hacer: convertir al secretario de los Cazafantasmas en un objeto para el disfrute femenino.

¿Eso te molesta, amigo fan de la saga original? Puedo entenderlo: es una representación injusta y caricaturesca. ¿A que ahora entiendes mucho mejor las quejas acerca de la forma en que se retrata a las mujeres en las obras de ficción? Porque el personaje de Kevin también sirve para denunciar esta situación, mediante una inversión exagerada de la misma. Con suerte, esta película te ayudará a comprender el problema y cambiarás tu perspectiva acerca del asunto.

O también puedes limitarte a acusar a todo el mundo de feminazi, claro. ¡Sigue con eso, que se te da bien!

El humor: se acusa al remake de tener un humor burdo y soez. Culpable, señoría: la versión de 2016 está llena de chistes tontos y abusa del caca-culo-pedo-pis-follar. Pero si hacemos una comparación con la cinta original, podremos ver que eso es casi marca de la casa. ¿Pruebas? Las que queráis. Enumero algunas: la primera vez que aparece en pantalla el personaje de Venkman el chiste es que está intentando ligar con una alumna. En una escena de transición, Ray se cae de la cama por un sueño en el que una fantasma le hace una mamada. Louis (el vecino de Dana) es gracioso porque no sabe interactuar con las mujeres. El primer fantasma al que cazan es un glotón que come dando mucho asco. Y la broma recurrente de la película (“¡nunca crucéis los rayos!”) es un chiste sobre meadas.

Así que no sé de qué leches se quejan los fans: su adorada película está llena de humor tonto y/o soez. Me atrevería a asegurar que no hay una sola broma que no sea una de las dos cosas. Y el remake sigue exactamente esa misma línea… pero lo hace mejor. El humor es constante e impregna cada diálogo y cada acción. No hay tiempos muertos. Además, toca más palos: hay juegos de palabras, humor físico, bromas recurrentes (la comida rápida de Abby, el tío de Patty, la estupidez de Kevin), e incluso algún chiste inteligente, como el “If you see something, say someting”.

El malo: el antagonista es de lo peor que tiene el remake. Se trata de un tipo que ha decidido vengarse de una humanidad que le maltrata y desprecia. Digo que es una de las flaquezas de la cinta porque es un tropo muy sobado y porque, ya que lo usan, podrían haberlo empleado mejor. Me habría gustado, por ejemplo, que se incidiera en la idea (apenas esbozada) de que Erin y Abby han recibido la misma clase de acoso y no se han vuelto así. El típico “tú vas de héroe pero eres como yo”, que también está manido pero que si se hace bien les da a los buenos bastante profundidad e interés.

Y sin embargo, pese a esto, opino que el malo de la versión de 2016 es mejor que el original. Porque es un ser humano, con motivaciones humanas que podemos comprender. Es un tipo frustrado, atrapado en un trabajo sin futuro y harto de que se rían de él. Un perdedor que quiere ganar. Mucho mejor que un dios babilónico que es malo porque el guion exige que sea malo, la verdad.


En conclusión, la versión de 2016 hace exactamente lo mismo que la de 1984: es una comedia tonta donde un grupo de perdedoras lucha contra entidades súperpoderosas sin más armas que su compañerismo y un montón de juguetitos científicos. Pero eso que hace lo hace mucho mejor que la original. Lo siento, fans pesados: la nostalgia ha vuelto a perder.





(1) Patty tampoco está flaca, pero lo compensa con su fuerza, mientras que Abby no parece tener de eso.

(2) Aunque, por la reacción de mis amigas, me da que las fantasías de cierto sector del público femenino van más hacia Holtzmann que hacia Kevin. Esta afirmación parece tener algo de sustrato fáctico.





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viernes, 9 de septiembre de 2016

Homicidio y asesinato: una relación cada vez más compleja.

Hoy voy a hablar de muerte. Concretamente, de la muerte que un ser humano le inflige a otro: de homicidios y de asesinatos. Se trata de dos palabras que se utilizan como sinónimos, y que sin embargo no lo son. Voy a hablar de las diferencias entre las dos figuras. Para ello hay que tener claras dos cosas. La primera es que el homicidio y el asesinato tienen entre sí una relación de género y especie: el asesinato es un tipo especial de homicidio. La segunda es que tras la reforma penal de 2015, el legislador ha dificultado hasta lo indecible una distinción que antes era bastante clara. Podéis encontrar la regulación en los artículos 138-140 CPE.

Empecemos: el acto de matar a alguien se llama homicidio. Así, sin más: cualquier muerte causada por otro ser humano se tipifica como homicidio. Por eso mismo, los homicidios pueden ser dolosos (es decir, intencionados: yo quiero matar a alguien) e imprudentes (es decir, no intencionados). La pena, por supuesto, es diferente: de hecho, hasta la reforma penal de 2015, el homicidio causado por imprudencia leve no era un delito sino una falta. Hoy mismo su pena es una simple multa.

Pero hay veces que el legislador considera que un determinado homicidio ha sido especialmente vil, incomprensible o imperdonable. Y en ese caso lo denomina “asesinato” y le da una pena mayor. En nuestro Derecho, tradicionalmente ha habido tres causas que convertían un homicidio en un asesinato. Bastaba con la concurrencia de una de ellas, pero, si en un mismo hecho se producían dos o más, la pena aumentaba:
  • Alevosía: hay alevosía cuando se cometen los hechos de tal manera que a la víctima le resulta particularmente difícil defenderse. Por ejemplo, cuando se le tiende una emboscada, se le duerme o se le ataca por detrás. Tampoco tiene que ser una preparación larga y minuciosa: bastaría con dejar al otro inerme.
  • Ensañamiento: esta agravante existe cuando se aumenta el sufrimiento de la víctima de modo deliberado e inhumano. Por ejemplo, en los asesinatos precedidos por palizas, en los que se prende fuego a la víctima, etc.
  • Precio, recompensa o promesa: se aplica a los asesinos a sueldo. Esta agravante se basa en la idea de que normalmente los homicidios se cometen sobre conocidos porque hay un móvil personal. Y el derecho puede “entender” eso de alguna manera. Pero lo que no puede comprenderse en ningún caso es la conducta del que mata por lucro.
Así pues, el asesinato es una clase de homicidio, especialmente agravado por su motivación (precio) o por su forma de ejecución (alevosía, ensañamiento). Esto queda claro en el Título del Código Penal que regula ambas figuras: se denomina “Del homicidio y sus formas”, con lo que se incide en la idea de que el asesinato no es más que una forma de homicidio.

El sistema que acabo de describir era muy simple. Había tres figuras: homicidio (matar a alguien sin más), asesinato básico (matar a alguien con alevosía, con ensañamiento o por precio) y asesinato agravado (matar a alguien aplicando dos o más de las agravantes del asesinato). Por supuesto, semejante simplicidad no podía durar demasiado. La reforma penal de 2015 lo complicó todo.

En esta reforma se introdujo un segundo catálogo de agravantes, que se aplican tanto al homicidio como al asesinato. Están recogidas en el artículo 140 CPE. Si se aplican al homicidio, crean una especie de figura extraña que podríamos llamar “homicidio agravado” (1). Si se aplican al asesinato (tanto al básico como al agravado), llevan a una especie de “asesinato superagravado” cuya pena es la cadena perpetua. ¿Cuáles son esas agravantes? Las siguientes:
  1. Que la víctima sea menor de dieciséis años o discapacitada.
  2. Que el asesinato se produzca después de un delito contra la libertad sexual cometido contra la víctima. Esta agravante podrían perfectamente haberla llamado “circunstancia Miguel Carcaño”, por lo obvio que es el lugar de donde viene.
  3. Que el delito se haya cometido por el miembro de un grupo u organización criminal.
  4. Que el delito sea consecuencia de un atentado (2). Hay que tener en cuenta que al hablar de “atentado” pensamos en coches explotando y tiros en la nuca, pero que la ley define atentado como la agresión a cualquier autoridad o funcionario, o incluso el simple acometimiento contra las personas que ocupen estos cargos. Así que esta agravante hay que leerla como “que la víctima sea autoridad o funcionario público”.

Como vemos, junto a las tres figuras que ya teníamos (homicidio, asesinato básico, asesinato agravado) se acaban de crear otras dos (homicidio agravado, asesinato “superagravado”). ¿Y qué pasó con las tres iniciales? El homicidio queda igual, pero la pena del asesinato básico aumenta: antes era de hasta 20 años de prisión y ahora es de hasta 25. Además, se añade una cuarta causa que convierte al homicidio en asesinato: que la muerte se cometa para facilitar o para ocultar otro delito. Otra causa que parece provenir de la alarma social generada por el caso Marta del Castillo.

Por si no se ha entendido, dejo esta tabla.



Lo que he dicho del caso Marta del Castillo no es una calentada de boca. Esta reforma está hecha con el homicidio de esa chica en la cabeza. Pensemos en los hechos: la chica desaparece y, tras varias declaraciones contradictorias, Miguel Carcaño declara que la agredió sexualmente, que la mató con un cenicero y que arrojó su cadáver al río. ¿Cuál fue su pena? 20 años por asesinato, porque el tribunal consideró que había concurrido alevosía: la cosa era discutible y, de hecho, Carcaño recurrió ese punto de la sentencia (3).

En todo caso, Carcaño tuvo suerte de que el tribunal no apreciara la violación, porque también le acusaban de eso… y él mismo lo había confesado. Ahora supongamos que el tribunal acepta que violó a Marta. Con la legislación anterior, simplemente la pena de la agresión sexual se habría sumado a la del asesinato. Con la que está vigente, le lleva a una cadena perpetua: el hecho se tipifica como asesinato (porque obviamente la mató para encubrir un delito previo) y se aplica la súperagravante de haberlo cometido después de un delito contra la libertad sexual de la víctima.

No es que a mí me preocupe particularmente la situación de Miguel Carcaño. Me da igual que muera, viva o se caiga de la cama. Pero lo que ya me importa más es la forma en que se legisla en este país. No quiero que la alarma mediática nos marque la legislación. Sí, desde las vísceras a todos nos parece genial que el violador que mata a su víctima o la basura humana que asesina a un crío se coma toda la cárcel que podamos imponerle. Pero, incluso prescindiendo de los derechos del delincuente, ¿seguro que queremos empezar a deslizarnos por una pendiente tan resbaladiza? Quiero decir, que con la excusa de Marta del Castillo ya nos han colado la prisión permanente (dizque revisable) y la posibilidad de meter 22 años en la cárcel a quien mate a un policía. Y una vez introducido un instrumento en la ley, es cuestión de tiempo que se generalice (4).

Existe un concepto muy popular entre los juristas: el Derecho penal del enemigo. Es una nueva forma de entender el Derecho penal en la época de la globalización y los terroristas internacionales. La idea básica es que la ley penal se proyecta sobre ciudadanos (que no han roto las reglas del juego básicas de la comunidad) y sobre enemigos (que sí las han roto y pretenden destruir el sistema). Mientras que con los ciudadanos hay que respetar los derechos fundamentales, con los enemigos no. La nueva regulación del delito de homicidio me parece un caso claro de Derecho penal del enemigo.

Y esto puede parecernos muy bien mientras no seamos nosotros el enemigo. El problema, claro, es que el catálogo de enemigos se amplía muy rápidamente… y cualquier día podemos encontrarnos con que nos han incluido en él.












(1) Esto carece absolutamente de sentido, ya que, como hemos visto, un asesinato ya es un homicidio agravado. Además, las penas del homicidio agravado y las del asesinato son casi iguales: de 15 a 22,5 años de prisión en el primer caso y de 15 a 25 años de prisión en el segundo.

(2) Esta agravante está fuera del catálogo del artículo 140 CPE y se aplica sólo al homicidio, no al asesinato. Pero he preferido ponerla junto con las otras tres porque obedece a la misma lógica y para no eternizar la explicación.

(3) No le dieron la razón y, de hecho, le colgaron dos años más por un delito contra la integridad moral, como pedían los familiares de la víctima.

(4) Ejemplo: la libertad vigilada. La libertad vigilada era una medida de seguridad, es decir, una institución que se aplica en principio a las personas que han delinquido pero, por tener una enfermedad mental o una adicción, no son responsables de sus actos y no merecen una pena. En la reforma penal de 2010 se admitió que esta medida pudiera recaer sobre delincuentes plenamente imputables que hubieran cumplido su pena. Era una excepción que sólo se aplicaba a delincuentes sexuales y a terroristas: cumplida la pena, seguían teniendo que presentarse semanalmente en el Juzgado o cosas así. Pues adivinad qué: en la reforma de 2015 ya se ha extendido a otros tres delitos (entre ellos, los de homicidio), y veremos qué pasa en los próximos años.




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domingo, 4 de septiembre de 2016

Tres apuntes sobre la libertad de expresión

La libertad de expresión es un derecho básico en democracia. Poder opinar de cualquier cosa, defender cualquier idea, contrastar libremente pareceres… sí, es algo útil y necesario. Por eso me molesta tanto ver a trolls e imbéciles de toda laya invocarla para hacerse las víctimas cuando reciben críticas, les bloquean en Twitter o les borran comentarios en blogs. Así que he decidido escribir este post para hablar de tres errores muy comunes en la concepción de este derecho fundamental.

1.- “Porque puedo” no es una justificación. Muchas veces, cuando se confronta al troll con su discurso de odio y se le pregunta por qué dice semejantes barbaridades, responde “porque puedo, porque es mi libertad de expresión”. Esta respuesta es una estupidez, y cualquiera puede verlo salvo que quiera justificarla.

Para hacer algo necesitamos una motivación. Cuando tenemos una motivación, ya vemos si lo que queremos hacer es legal, si necesitamos un permiso o cumplir unas condiciones o si es ilegal, pero nadie hace las cosas sólo porque puede. Si fuera así, todos los seres humanos seríamos de todas las opciones políticas y religiosas a la vez, caminaríamos en todas las direcciones al mismo tiempo y nos las arreglaríamos para compaginar el suicidio con el mantenernos vivos. Al fin y al cabo, todo son cosas que podemos hacer, ¿no?

En la carrera de derecho se dice que “nadie se casa porque el matrimonio sea legal”, y es cierto. De la misma manera, nadie se dedica a trolear o a molestar sólo porque sea legal hacerlo. Oh, sí, lo dicen, y probablemente son sinceros. Se lo creen. No quieren reconocerse que lo hacen porque disfrutan haciendo que otras personas se sientan mal. Porque ¿en qué les convertiría eso?

2.- No todo es censura. La libertad de expresión tiene límites. La censura es uno de dichos límites, y tiene un perfil muy concreto. Tradicionalmente ha sido una actividad regulada y ejercida por los poderes públicos que consiste en el examen de las obras del intelecto (no sólo libros y periódicos, sino también cómics, guiones de teatro y televisión, etc.) con la finalidad de adecuarlos a la ideología oficial del Estado. Si la obra no se puede adecuar mediante cortes, queda prohibida.

La esencia de la censura es el poder. Su objetivo es imponer una ideología por un medio muy concreto: impedir, desde el poder, que otras concepciones políticas lleguen al público. Se trata de sacar del debate público las ideologías que se enfrenten a la dominante. En estos tiempos globalizados, puede incluso quitarse el elemento estatal: si una entidad privada, de facto, tiene poder suficiente para evitar que ciertas ideas lleguen a la mayor parte de la población, podríamos hablar de censura.

Ahora pensemos en una persona que tiene los comentarios de su blog sujetos a moderación, que te bloquea en Twitter, que se ríe de las cosas que dices o que hace una parodia de tu opinión. ¿Tiene eso algo que ver con lo que acabo de describir? No, ¿verdad? Sigues pudiendo hablar, aunque no lo puedas hacer en un sitio concreto o con una persona determinada, o aunque te contesten y critiquen. Así que me temo que no has sufrido censura.

La guía básica es la siguiente: si la gilipollez que te han borrado en un blog ajeno la puedes publicar en una página de tu propiedad, no estás siendo censurado.

3.- La libertad de expresión no debe ser absoluta. Esto suena un poco provocador, pero no lo es en absoluto. Todas las sociedades limitan la libertad de expresión, y muchas de esas limitaciones a ti te parecen bien. Por ejemplo, no entra dentro de la libertad de expresión decir falsamente que alguien ha cometido un delito. O prometer a una persona que le vas a partir las piernas. O inventarte una historia para engatusar a algún incauto y que te dé su dinero.

“Espera, Vimes”, podríais decirme, “es que eso son delitos”. Y efectivamente lo son: la ley los llama “calumnia”, “amenazas” y “estafa” respectivamente. Pero también son actos de expresión. ¿O acaso las palabras “te voy a matar” o “Jacinto Peláez es un ladrón” no forman una expresión? La forman, pero el legislador decide sacarlas del ámbito de la libertad de expresión y castigarlas como como delito, porque afectan a otros bienes jurídicos o a derechos de otras personas.

En otras palabras: o bien una expresión está permitida (cae dentro de la libertad de expresión) o no lo está (es delito o infracción administrativa). Insisto tanto en esto porque es una confusión frecuente. Decir que algo “es delito” no significa nada ni sirve para enmascarar que el Código Penal es un límite a la libertad de expresión (1). No hay “delitos naturales”, que tengan que ser castigados por obligación divina (2): calificar un tipo de expresión como libre o como delictiva es una decisión que toma el legislador en cada caso.

Queda claro que no se puede defender una libertad de expresión absoluta y que hay veces que el Estado la limita. La tarea que tenemos delante es, pues, más complicada de lo que parece: analizar cada límite a la libertad de expresión (por ejemplo, los delitos de odio o los delitos contra los sentimientos religiosos) y ver si es legítimo o no lo es. Claro, eso ya exige una labor de análisis más profunda que etiquetarse como “defensor de la libertad de expresión”. El debate no puede ser si este derecho es ilimitado o no, sino cuáles de las limitaciones que existen son necesarias o aceptables.


He hablado en esta entrada de tres cuestiones básicas acerca de uno de los derechos fundamentales más importantes. Espero haber ayudado a que se entienda rectamente… y a que, la próxima vez que alguien lo invoque, no lo haga en vano.






(1) Al Código Penal le suelen llamar “la Constitución negativa”, porque si la Constitución dice qué cosas podemos hacer (nuestros derechos), el Código Penal dice qué es lo que no podemos hacer (los delitos).

(2) Podría pensarse que algunos, como el homicidio o la violación, se castigan siempre. Pero teniendo en cuenta que cada sociedad define los términos como quiere, es muy posible que los conceptos “homicidio” y “violación” cambien tanto entre dos sistemas jurídicos que sean mutuamente irreconocibles.




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domingo, 28 de agosto de 2016

Fantasía, ciencia ficción e ideología

Una de las cosas que más me gusta de Twitter es ver cómo crecen y se desarrollan proyectos interesantes. Mi favorito ahora mismo es Todas Gamers, un blog acerca de videojuegos escrito íntegramente con mujeres y con perspectiva feminista. Han arrancado fortísimo, con dos o tres artículos diarios y un enorme plantel de colaboradoras. En sólo dos meses ha conseguido obtener una cantidad de visitas importante y generar una comunidad activa a su alrededor (1). Por supuesto, y como siempre que se analizan las frikadas desde el punto de vista feminista, ha surgido una importante corriente de trolls que trata de hundir el proyecto.

El artículo que más ha escocido hasta ahora es un texto (en realidad bastante suave y medido) donde se argumenta acerca de los sesgos machistas de The Witcher III. Esos dos nidos de imbéciles que son Forocohes y Menéame, a los que esta vez se agregó el foro de Meristation, bramaron contra la crítica. Por supuesto, la mayoría de argumentos eran estupideces: mi favorito es el que habla de realismo histórico… en un juego ambientado en un mundo ficticio (2). 

Al hilo de esto he estado pensando. En la ficción hay dos tendencias que se suelen poner juntas: la fantasía y la ciencia ficción. La distinción entre una y otra nos podría ocupar varios artículos o incluso una tesis doctoral, pero a efectos de este post diremos que una trata sobre el pasado y la otra sobre el futuro. La fantasía utiliza elementos provenientes de las creencias que ha tenido el ser humano en diferentes momentos (mitología, magia, criaturas fantásticas) y construye sociedades más o menos basadas en la historia. La ciencia ficción, por el contrario, es una especulación acerca de cómo evolucionará nuestra especie en el porvenir.

Eso me ha hecho plantearme una hipótesis: ¿sería posible que la ciencia ficción fuera un género más “progresista” y la fantasía uno más “conservador”? Por supuesto, hablamos de corrientes que tienen décadas de historia a sus espaldas, por lo que todo lo que se diga será una generalización y se podrán encontrar contraejemplos a porrillo. Sin embargo, creo que no soy yo el único en pensarlo. Por ejemplo, en el prólogo español de El marciano (Andy Weir), el editor sostiene que mientras que la ciencia ficción se fuerza en imaginar futuros hacia los que tender, la fantasía es mero escapismo. Y no hay nada más conservador que el escapismo, es decir, la huida hacia un mundo de ficción que no nos haga plantearnos ninguno de los conflictos del mundo real.

Sin llegar a tales extremos, podemos analizar a los autores más conocidos de cada género. ¿Quién es el fundador de la fantasía moderna? J.R.R. Tolkien, un catedrático inglés católico y conservador. Este señor es el principal referente hasta que en los ’90 la cosa empieza a cambiar. Mientras tanto, ¿quiénes estaban definiendo lo que entendemos como “ciencia ficción”? Isaac Asimov, un hombre que tenía fuertes discusiones con su editor cada vez que éste le pedía que introdujera razas extraterrestres inferiores a la humana, representada siempre por un hombre blanco (3). Ray Bradbury, que habló sobre cómo el adocenamiento social lleva a la quema de libros y describió un éxodo masivo de personas negras a Marte para evitar la acción del KKK. Philip K. Dick, cuya ideología era un tanto caótica pero desde luego nada conservadora. Ursula K. Le Guin, reconocida anarquista y feminista. Y podría seguir.

¿Y los temas? El tema tradicional de la fantasía ha sido la lucha del Bien contra el Mal, así, en mayúsculas y sin matices. Han tenido que venir Pratchett, Abercrombie, Martin, Sanderson o Sapkowski, ya en los ’80 y sobre todo en los ’90 y los ‘00, para que las cosas empiecen a cambiar. Aun así creo que, salvo excepciones, la fantasía más puntera está todavía reaccionando a ese tropo que tanto la ha lastrado. Todos los autores que he mencionado, por ejemplo, han escrito historias corales, con varios protagonistas y puntos de vista, tratando a toda costa de evitar los “malos muy malos” y los “buenos muy buenos” (4).

Eso es sin duda un avance, pero ¿qué ha hecho mientras tanto la ciencia ficción? Ha especulado sobre qué es lo que nos hace humanos, sobre la forma en que nos condicionan el género y la raza, sobre nuestra relación con el planeta, sobre la vida en comunidad, sobre la cordura, la adicción y la enfermedad mental, sobre las orientaciones sexuales… en la fantasía no se ha hecho nada de todo esto. Por poner un ejemplo: existe toda una corriente de ciencia ficción feminista (Russ, Le Guin, Tepper, Atwood, Sturgeon…), que habla sobre la condición femenina. En fantasía no hay nada similar: hay obras de carácter feminista (Las nieblas de Avalon, de Bradley), pero aisladas.

¿Hablamos de los protagonistas? En la fantasía más pura tienden a ser chicos jóvenes, procedentes de entornos humildes, que acaban siendo herederos reales, grandes magos o las personas de las que habla una profecía. Más adelante, la mayor parte de autores que he mencionado hace dos párrafos empezó a introducir mujeres en sus historias, que muchas veces destacan por estar bien escritas. De nuevo, eso es bueno, pero falta diversidad. Como se pregunta acertadamente Rocío Vega en este post, ¿dónde están los protagonistas discapacitados, ancianos, feos, reales?

Pues, aparentemente, en la ciencia ficción. Sí, hay mucho campo de nabos entre los protagonistas. Por poner dos ejemplos, Dick o Asimov nunca escribieron a una mujer que no fuera una secundaria sin personalidad, un interés romántico metido con calzador o una antagonista plana. Pero la variedad es infinitamente mayor. Puedo citar sin esforzarme una docena de obras de ciencia ficción cuyos protagonistas son mujeres, personas no blancas, gente con discapacidades o ancianos.

Creo sinceramente que mi hipótesis es correcta. La ciencia ficción es un género más progresista que la fantasía, tanto por los temas que ha tratado como por la forma en que los ha tratado. Pero también creo que no es una cuestión esencial, sino histórica. Cada corriente tiene su historia y sus hipotecas: en el caso de la fantasía, Tolkien y las obras producidas en serie a partir de juegos de rol han pesado mucho en la evolución del género. Pero es obvio que estamos en una época de transición: ahora hay muchos más referentes, y eso es bueno para la diversidad y para romper las barreras que tradicionalmente han encorsetado la fantasía.

Hora es de ponerse a ello.








(1) En lo personal, y aunque yo no soy el que importa aquí, Todas Gamers ha hecho que me interese por las novedades del mercado de videojuegos, algo que nunca pensé que pasaría.

(2) El argumento es estúpido no sólo porque en una obra de ficción el autor es el dios omnipotente y puede crear el mundo que le dé la gana, sino porque en realidad la Edad Media (que es un periodo que vivió un continente entero durante diez siglos) fue mucho más variada de lo que solemos creer. Dejo dos artículos maravillosos sobre el tema: uno de Delfina Palma y otro de Kameron Hurley.

(3) Luego en su vida diaria era un machista y un tocaculos en convenciones. Si es que no puedes tener héroes.

(4) Lo jodido es que he hecho la lista sin pensar en esa característica de sus obras, que me ha saltado a los ojos cuando he visto todos los nombres puestos uno detrás de otro.



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miércoles, 24 de agosto de 2016

Los jueces sagrados

A veces parece que la vida conspira contra ti. Me he tirado meses con la entrada sobre la familia en la recámara de “pendientes”. Al fin la escribo, la publico… y, a los pocos días, aparece en prensa un texto que habría valido perfectamente para ilustrar la forma de pensar que denuncio en ella. Me refiero, claro está, a la entrevista al juez Emilio Calatayud que se ha publicado recientemente en El Mundo.

Para quien necesite antecedentes, Calatayud es uno de los primeros jueces de Menores que hubo en España. Los Juzgados de Menores se encargan de juzgar a las personas de entre 13 y 17 años que cometen delitos. Normalmente estos delincuentes tienen un perfil muy específico: están en proceso de formación ética y juegan con los límites legales, pero no son especialmente difícil de rehabilitar. De hecho, la mayoría de delincuentes juveniles dejan esta clase de vida cuando llegan a la edad adulta. Sin embargo, un castigo demasiado invasivo puede cargarse esta tendencia. Calatayud se hizo famoso poniendo sentencias que buscaban de verdad la reinserción: condena a los menores a hacer un tebeo sobre su delito, a estudiar, a estar alejados de elementos que considera criminógenos, etc.

No tengo nada que objetar a esa trayectoria: me parece genial tener una cabeza visible que hable a favor de la rehabilitación de delincuentes menores de edad. Si ha conseguido que un solo menor se aparte de un camino que le llevaría al ciclo de delincuencia-cárcel, todo su trabajo como juez me parece justificado. Ahora bien, el problema es que Calatayud, aprovechándose de esa fama, se ha convertido en una especie de gurú de la educación. Mucha gente asiente con convicción cuando aparece algún artículo suyo en prensa. Esto lo he visto incluso con personas de izquierdas, lo cual resulta curioso porque es un señor que huele a cerradito desde lejos.

Miremos su última entrevista, en la que defiende la forma en la que le educaron a él, allá por los años ‘60. Como si no hubiera llovido mucho desde entonces en técnicas educativas y pedagógicas. Es un ejemplo maravilloso de nostalgia: lo que a los señores treintañeros les pasa con la Cazafantasmas original, a él le sucede con las collejas de sus padres y el “pues no comerás otra cosa hasta que no desaparezca lo que hay en la mesa”. Toda la entrevista es un compendio de contradicciones (1), falacias (2), cuñadeces (3), mentiras (4) y consejos más que discutibles (5), por no hablar del vídeo tecnófobo que la acompaña (6).

Sin embargo, mi objetivo en este artículo no es comentar la entrevista (algo que he relegado a las notas al pie) sino preguntarme otra cosa: ¿por qué se le sigue dando voz a semejante indocumentado? La respuesta más obvia sería “porque no es un indocumentado”. Y efectivamente, los defensores de Calatayud siempre sacan a relucir sus 36 años como juez y sus 17.000 sentencias en procedimientos de menores. Efectivamente, son muchos años y mucho trabajo que le acreditan como experto… en Derecho penal y procesal de menores.

El problema es que su señoría, cuando le entrevistan en prensa o cuando le invitan a conferencias, no habla acerca de derecho de menores. Ése es un tema demasiado técnico. Prefiere hablar de otros campos del conocimiento, sin duda cercanos al Derecho penal pero que no tienen mucho que ver con éste: pedagogía, psicología, sociología... Temas de los cuales no sabe demasiado, porque haber tratado con muchos menores no te convierte en pedagogo. Y así, su discurso se convierte en una amalgama de lugares comunes bastante manidos que, eso sí, sirve para que todos los cuñados de este país asientan con la cabeza y digan “éste sí que sabe”.

Digámoslo claro: un juez no es más que un señor que se ha sacado una oposición complicada. No tiene por qué ser buena persona, no tiene por qué ser inteligente, ético o justo ni tiene por qué saber de ningún tema más allá de los que caían en el examen. Si luego, en su tiempo libre, decide formarse en otras materias, pues miel sobre hojuelas. Pero es improbable que sus opiniones en dichas materias sean nunca dignas de tenerse en cuenta.

Este post no va sólo por Emilio Calatayud. Tenemos una cierta tendencia a sacralizar las decisiones y opiniones de los jueces. “Esto es así, lo ha dicho un juez”, “pues no es eso lo que dice el Tribunal Constitucional”, “el TEDH afirma lo contrario de lo que tú dices”. Por supuesto esta tendencia se magnifica cuando la decisión judicial va a nuestro favor o apoya nuestra causa, pero yo diría que tiene una existencia autónoma. La judicatura es una carrera prestigiosa y, para cierta gente, todo lo que diga uno de sus integrantes va a misa.

El problema es que no es así. Una sentencia será respetable en tanto en cuanto esté bien argumentada y emplee correctamente los conceptos jurídicos que maneja. Y estos requisitos no siempre están presentes. A veces, como en el caso de las tasas judiciales, la argumentación cambia a la mitad de la sentencia por oportunismo. Otras es simple estupidez, desconocimiento o prisa por parte del tribunal. En todo caso, la conclusión es la misma: las decisiones judiciales y las opiniones de los jueces son tan criticables como cualquiera.

Así pues, no, no me voy a convencer de una cosa por mucho que la diga un juez. He conocido a demasiados jueces idiotas y he leído demasiadas sentencias que parecían puestas con el culo como para tenerle esa clase de respeto sagrado a la profesión. La triste verdad es que los jueces no son dioses: pueden ser tan cuñados como cualquiera y sus decisiones son criticables. Y de esto es un buen ejemplo el señor Calatayud.







(1) Como en la primera pregunta, donde dice que una colleja no es maltrato pero que él juzga (y, por el tono, condena) a los hijos que se la propinan a los padres. O la segunda, donde menciona que Zapatero les quitó la autoridad a los progenitores y acto seguido cita el artículo 155 CC.

(2) La pendiente resbaladiza de “se empieza pegando a los padres y se acaba agrediendo al presidente del Gobierno”.

(3) “Yo, a esos padres que fomentan que sus hijos no vayan a estudiar, les quitaba el PER, la ayuda familiar y el vivir del cuento. Si tú no cumples con tu obligación, que es llevar a tu hijo al colegio, por qué va a cumplir la sociedad contigo”. Pues a lo mejor porque retirar todas esas ayudas hace que el menor acabe en una situación peor de la que empezó. Digo yo que se podrá sancionar a los progenitores sin cargarse el ambiente familiar del menor, ¿no?

(4) Cuando dice que para tener un hijo delincuente la receta incluye “no darle ninguna educación espiritual”, por ejemplo.

(5) La idea de que hay que vulnerar la intimidad de la prole, así, sin mas, sin causa que lo justifique, sólo para ver qué encuentras. Con lo único que hay que tener cuidado es con “que no nos pillen”. No dice lo que pasa con la confianza paternofilial cuando, de forma indefectible, el adolescente pilla a su progenitor hurgando en sus cosas.

(6) Dice que el móvil es una droga, una herramienta para cometer delitos y un medio para ser víctima de delitos. Lo primero es una tontería, las otras dos cosas son ciertas y en todo caso se están obviando las múltiples facetas positivas del invento.



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