Hace poco
leí, casi seguidas, dos novelas de ciencia ficción: El jugador, de
Banks, y La mano izquierda de la oscuridad, de LeGuin. Precisamente por
eso, por la proximidad, no pude evitar compararlas. Se trata de historias en
principio muy diferentes por el mundo que describen, por la identidad del
protagonista, por los elementos en que se centra, por el nivel tecnológico
presente... y a las que sin embargo les encontré un tema común.
En El
jugador el protagonista pertenece a un inmenso conglomerado humano llamado
La Cultura. En La Cultura las identidades son fluidas: humanos y máquinas
conviven en paz, no hay problema con la homosexualidad o la promiscuidad y es
posible operarse para tener los genitales que se desee en cualquier momento.
Por una serie de circunstancias un habitante de La Cultura acaba en un el
imperio de Azad, un planeta con una rígida estratificación sexual: hay hembras,
machos y ápices, el sexo dominante, que prácticamente esclaviza a los otros
dos. La sociedad es violenta, con grandes desigualdades sociales y
expansionista. Los ápices de clase alta disfrutan viendo vídeos de violencia
sexual y de torturas contra y entre hembras, machos e incluso (creo recordar)
ápices de clase baja.
En La
mano izquierda de la oscuridad la situación es la inversa. El protagonista
también pertenece a una cultura intergaláctica (el Ecumen, que en la novela no
es descrito) pero el planeta contactado, Gueden, es muy distinto: sus
habitantes son andróginos la mayor parte del año. Sólo durante unos pocos días
al mes su cuerpo se transforma en el de un macho o en el de una hembra y
entonces siente deseo sexual. Un guedeniano no sabe en qué se va a transformar
hasta que termina la transformación. En consecuencia los guedenianos no tienen
género y no perciben que haya una diferencia radical entre uno mismo y los
demás. La sociedad es en general pacífica y no hay grandes identidades
excluyentes como nacionalismo o religiones mayoritarias.
Las
sociedades contactadas en ambas novelas parecen opuestas, casi como si Banks
hubiera tenido la idea para su novela leyendo el libro de LeGuin y pensando en
hacer justo lo contrario. Pero lo que me resulta curioso es lo que se
esboza en ambas novelas (más definido en La mano izquierda... que en la
otra): la sociedad es tanto más violenta, represiva y discriminatoria
cuanto más rígidos son los roles de género asignados.
Efectivamente,
tanto La Cultura de la primera novela como el Gueden de la segunda son
sociedades bastante tranquilas: en la primera no hay motivos para iniciar un
conflicto, puesto que todo el mundo puede ser quien quiere ser, algo que se
refleja hasta en su idioma. En la segunda sólo hay violencia a pequeña
escala, por recursos materiales y nunca apoyada en identidades excluyentes. En
ambos casos la causa es la ausencia de roles de género definidos, en La Cultura
por estar el sexo biológico bajo el control del sujeto y en Gueden por no
existir salvo unos pocos días al año y ser aleatorio. Sin embargo, el ambiente
opresivo que impera en Azad, un Estado totalitario, se basa en una jerarquía de
géneros rígida que desemboca en una sociedad que tiene forma de pirámide, con
el emperador en la cúspide.
Sólo en la
novela de LeGuin se plantea de forma explícita que ambas magnitudes (rigidez de
los roles de género y nivel de violencia y represión social) estén
correlacionados: en la obra de Banks no es así. Aun así, resulta llamativo que
cuando alguien quiere caracterizar una sociedad conflictiva y desagradable lo
primero que le venga a la cabeza sea una completa estratificación de sexos. Y,
según me dijeron cuando comenté el tema, no es una asociación descabellada: al
parecer, los estudios sobre masculinidades prueban que la rigidez en roles de
género es uno de los factores que permiten predecir violencia social.
En
realidad tiene bastante sentido. Los roles sociales no son más que las
expectativas que tiene la sociedad sobre cómo debemos comportarnos, sobre qué
esperan los demás de nosotros y sobre qué debemos esperar de los demás. Los de
género, por ejemplo, nos dicen qué es un hombre (cómo debe comportarse,
qué cosas debe hacer) y, por oposición, qué es una mujer. Nos permiten
tomar decisiones rápidas, y también categorizar a la gente y reaccionar contra
la categoría en vez de contra la persona. Incluyen y excluyen: nos facultan
para enseñarle a la prole que hay cosas que un hombre o una mujer “de verdad”
no hacen.
Si los
roles son fluidos (como en La Cultura) o no existen (como en Gueden) estos
mecanismos no funcionan: de repente no tienes ninguna expectativa sobre el
comportamiento ajeno. Estás mucho más perdido: tienes que preguntar, tratar con
las individualidades, ser empático. No puedes tener prejuicios porque no tienes
base para ello. Tampoco puedes ampararte en una colectividad trascendente,
porque no existen. Ves más claramente que tú eres un individuo, perdido en la
vida pero también completo. LeGuin insiste mucho en que los guedenianos se saben seres completos.
Sin
embargo, si son rígidos (como en Azad), los mecanismos que he mencionado se dan
en toda su plenitud y permiten construir una sociedad basada en una cascada de
discriminaciones que se sustentan en creencias sobre cómo son las personas. Un
entorno violento, donde se reacciona con brutalidad a algo tan natural y humano
como es salirse de los rígidos roles donde nos han encorsetado desde el nacimiento.
Porque alguien libre es alguien que asusta a quien no lo es, ya que si resulta
que es feliz y vive una vida plena... ¿en qué lugar quedo yo, agobiado por mil
exigencias que en realidad ni me van ni me vienen?
Una de las
razones por las que me encanta la ciencia ficción es precisamente por esto:
porque permite imaginar mundos muy distintos, con premisas de partida impensables
o irreales. Pero hasta la especulación más audaz tiene que mantener un pie en
la tierra si quiere ser verosímil y, por tanto, entretenida. Hay reglas lógicas
que no pueden ignorarse: la rigidez con la que tratemos los roles sociales, específicamente
los de género, determinará si podemos construir una utopía... o nos quedaremos
para siempre en esta eterna distopía.