jueves, 23 de febrero de 2017

El medievo no es como te lo han contado

La palabra “medievo” se ha convertido en un meme en mi entorno. La razón es simple: cada vez que alguien critica el machismo de un juego ambientado en un mundo ficticio de carácter medieval (señaladamente el The Witcher), los fans saltan con el tema del realismo. Voy a olvidar la respuesta obvia de que resulta absurdo exigir realismo en un mundo fantástico, y voy a ir a algo menos conocido: en realidad, la Edad Media fue mucho más diversa de lo que te han contado.

Vamos a centrarnos. Lo que solemos llamar “Edad Media” es un periodo de tiempo de aproximadamente mil años (desde la caída de Roma hasta la de Bizancio), tal y como fue vivido en el continente europeo. Hablamos de diez siglos y de decenas de países. Realmente es muy difícil, en este contexto, decir que “en el medievo las cosas eran así”, porque hay demasiado tiempo y espacio etiquetados bajo el término “medievo” como para llegar a una regla general.

Lo que nos venden como “medievo” en realidad es la reinterpretación hecha por novelistas y cineastas estadounidenses de épocas muy concretas de la Edad Media inglesa y francesa. Claro, esa reinterpretación es machista y racista: sobre lo primero, ya se ha dicho mucho sobre los personajes femeninos en las novelas de fantasía; sobre lo segundo, simplemente reseñaré lo raro que es tener protagonistas no blancos. Pero cuando te acercas a la realidad ves que era todo mucho más complicado de lo que parece: hubo mujeres en la guerra, mujeres que decidían sobre su matrimonio, mujeres que administraban sus propiedades, mujeres que litigaban en los tribunales, mujeres que incluso alcanzaban cargos públicos, etc. Cualquier aproximación mínimamente seria a la historia de la vida cotidiana durante el medievo sorprende porque resulta que está llena de mujeres.

Lo cierto es que el asunto tiene sentido. El sistema legal de la Edad Media cristiana (y hablo en estos términos porque Al-Andalus también cuenta como medievo) era esencialmente fragmentario. Para empezar, no consideraban que la costumbre y la ley escrita fueran dos cosas materialmente distintas. Todas las normas eran reflejo de una equidad que venía directamente de Dios, por lo cual el legislador positivo se limitaba a coger esa equidad y ponerla por escrito. Los juristas medievales equiparaban el proceso de legislación con la obra de un orfebre que convierte el mineral de plata (la equidad “en bruto”) en un bello cáliz que se puede usar para fines prácticos (la ley escrita).

¿Y quién es ese legislador, esa persona que realiza el proceso de conversión? Cuando pensamos en la Edad Media nos imaginamos a un rey dictando leyes para todo su reino. En realidad ésta es una concepción más moderna que medieval, propio de las monarquías autoritarias y absolutas. En la Edad Media, en el mismo reino podía haber cientos de corporaciones jurisdiccionales, cada una de las cuales tenía capacidad para dictar leyes. El reino era una de esas corporaciones, pero ni siquiera dentro del mismo tenía el rey plena potestad (1). Y por debajo del reino cada señorío, cada ciudad, cada gremio, cada colegio profesional y cada universidad tenían el poder de dictar normas jurídicas. Además, de forma paralela a estas regulaciones civiles existían las eclesiásticas, que estaban igual de fragmentadas.

“Bueno, pero eso no es tan diferente de lo que pasa hoy en día. También ahora en España conviven la ley nacional, las leyes autonómicas y las ordenanzas municipales”. No es lo mismo. Porque hoy en día concebimos la ley como un acto de voluntad política, y por tanto es muy fácil ordenar las competencias y establecer criterios de jerarquía. En la Edad Media, como hemos visto, la cosa no era así: todo legislador, desde el rey hasta el último gremio del reino, hacía esa labor orfebre de convertir la justicia divina en ley escrita. Y si todas las leyes vienen de Dios, ¿qué autoridad tiene el rey para derogar normas inferiores?

En la práctica, con mucha lentitud los reyes se fueron imponiendo al resto de legisladores, en un proceso que desembocó, ya terminada la Edad Media, en las monarquías absolutas. Este proceso tuvo momentos de resistencia (2) y nunca llegó a ser completo. Además, aun asumiendo que el único legislador era el rey, aparece otro problema: si la ley procede de Dios, no se puede derogar aunque haya quedado desactualizada. ¿Cómo va a cambiar de opinión la justicia divina, que por su propia definición es inmutable? Lo que se puede hacer es dictar una norma nueva basada en las nuevas costumbres, pero la antigua seguirá vigente aunque sea contradictoria... y podrá alegarse en los tribunales.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que la Edad Media (y, en menor medida, también la Moderna) era un carajal jurídico. Las leyes estaban dispersas y fragmentadas, y eso significa que podían surgir situaciones socialmente extrañas (como por ejemplo, las ya mencionadas mujeres que alcanzan cargos públicos o que vana la guerra) y siempre habría un hueco para encajarlas (3). No afirmo que fuera un mundo menos machista ni una especie de utopía liberadora. Lo que intento decir es que era un mundo más caótico, donde se podía encontrar con facilidad una forma de justificar jurídicamente casi cualquier desviación de la norma (4). Y la vida social tiende a ser fértil en esta clase de desviaciones.

En ese sentido, se puede decir que a corto plazo las mujeres perdieron autonomía con el advenimiento de la revolución francesa. La revolución trae una nueva filosofía jurídica: hay un solo encargado de hacer las leyes (el Parlamento o Asamblea, que representa a la nación soberana), y esas leyes están por encima de todo. Eso quiere decir que si llega el Código Civil y convierte a las mujeres en menores de edad perpetuas, siempre sometidas a tutela, ya no hay argumento jurídico que permita oponérsele. Ya no vale el “obedézcase pero no se cumpla”, ni el “en esta provincia tenemos otra costumbre”. Las cosas son así y punto (5).

Cuidado con el reduccionismo histórico, y cuidado con imponerle al pasado nuestras propias categorías. Como dice Kameron Hurley, las mujeres siempre han luchado, y es posible que si sigues contando la historia de manera tan acrítica te encuentres con que una de ellas te ha hundido su espada hasta los higadillos.









(1) Pensemos en el papel tan importante que juegan las Cortes, Estados Generales, Parlamento o como se llame en cada país. No son órganos legislativos, pero son la representación del reino ante el rey y éste tiene que tenerlos en cuenta a la hora de legislar.

(2) Por ejemplo, en Castilla cada ciudad tenía una ley municipal básica, el fuero, que estaba escrita. Sin embargo, su origen era consuetudinario. La razón por la cual las ciudades comienzan a escribir sus fueros es, precisamente, que necesitaban un texto en el que basarse para resistir la expansión del poder real.

(3) Por ejemplo, en la segunda cruzada Leonor de Aquitania comandó a las tropas de su feudo. No fue bien visto, pero ¿le vas a decir a la mayor feudataria del reino de Francia que no cumpla lo que jurídicamente es su principal obligación hacia su señor?

(4) Una de las técnicas que más me fascina a la hora de investigar la vida cotidiana del pasado es el análisis legal. Básicamente: si encuentras muchas leyes de muchos monarcas distintos prohibiendo bajo grandes penas la práctica X, es que la práctica X era habitual.

(5) Pio Caroni, un historiador del derecho, dice que el derecho medieval era una fotografía de su sociedad, que era variada, rica, caótica y dispersa. Por el contrario, el derecho liberal escondió toda esta diversidad detrás de principios generales (la igualdad ante la ley evita hablar de graves diferencias de clase, por ejemplo), de tal manera que para conocer la sociedad liberal hay que hacer una radiografía del derecho.



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9 comentarios:

  1. Pero no es realista, ninguna mujer comandaba ejércitos montada en dragones.

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    1. ¿Cómo que no? ¿Y Leonor de Aquitania qué? ¡Si no fuera por sus dragones, la segunda cruzada se habría perdido!

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Me has recordado a mi profesora de segundo de -ejem- BUP. Se quejaba de que lo que se entendía por Edad Media en el currículum que tenía que enseñar era la época carolingia. La Edad Media era mucho más. Y tanto. De los libros que me leído, que
    a lo mejor no te interesan o ya te los has leído o peor, te los has leído y no te interesaron, les tengo mucho cariño a:
    -"La mujer, el caballero y el cura" de Georges Duby, sobre cómo el matrimonio pasó a ser un vínculo insoluble.
    - "Allegro ma non troppo". Según Carlo Maria Cipolla, lo que quería Pedro "El ermitaño" era pimienta. Saliéndonos del tema, incluye un ensayo sobre la estupidez y una hipótesis sobre cómo el plomo dejó estéril a la aristocracia romana.
    - Ya más en serio, "Historia de las mujeres en Occidente", Georges Duby (dir.), Michelle Parrot (dir.) Volumen II, "La Edad Media" / Christine Klapisch Zuber (dir.). Lo sacaba de la biblioteca de la universidad y todavía me acuerdo de lo que pesaba. Me pareció especialmente interesante "La vida cotidiana de las mujeres en la Baja Edad Media (1250-1500) de Claudia Opitz.

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    1. *apunta referencias muy fuerte*

      Coordinado por Georges Duby leí el primer tomo de la "Historia de la vida privada", dedicado a los romanos, y me pareció interesantísimo. Le daré un tiento a los que me mencionas. ¡Gracias!

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  3. Buen artículo, pero discrepo en una cosa: lo que dices en la nota 2 no es cierto. La mayor parte de fueros de Castilla eran cartas otorgadas por el rey precisamente para reforzar su poder y el de la burguesía en contra del poder de los señores feudales. En Aragón se da un poco más la situación que tú expresas, con fueros que son pro consuetudine "según la costumbre" y que reflejan en mayor medida las curias municipales de la época romana.
    En Castilla difícilmente podía haber costumbre del lugar salvo la de los mozárabes que habían sido conquistados. Sin embargo, en los fueros se conservan pocas o ninguna institución jurídica islámica, por lo que en gran medida tomaron el derecho visigodo el cual ya estaba escrito de mucho antes.

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