miércoles, 9 de noviembre de 2016

La hipocresía ante la muerte

Twitter es una buena manera de enterarte de los fallecimientos. Cuando un famoso la palma, es trending topic instantáneo durante varias horas (1). De ahí he cogido la costumbre de, cada vez que el nombre de alguien conocido está en la lista de TTs, preguntar si no se habrá muerto. Por supuesto, lo hago como broma. Y hay veces, cuando quiero redondear la coña o hacer que un montón de gilipollas salten indignados, insinúo que la muerte de dicho famoso me alegraría.

No falla: a los pocos minutos tengo a alguien poniéndome de psicópata para arriba.

Me parece una muestra de la peculiar relación que tiene nuestra cultura hacia la muerte. Tú puedes odiar todo lo que quieras a quien quieras: el odio es libre. Incluso se te permite odiar a gente a la que no conoces: al ex de tu actual pareja, al famoso que hace declaraciones imbéciles, al jefe que putea a tu familiar… ahí di lo que quieras. Ahora, espera a que cualquiera de esos sujetos tenga la mala idea de morirse. Di que te alegras de que estén muertos y verás lo que pasa.

La muerte es el gran igualador, pero no en el sentido que creían los poetas medievales. La muerte no nos iguala porque nos llegue a todos, sino porque nos hace a todos buenos. Socialmente nos ponemos de acuerdo para resaltar las virtudes del muerto, tapar sus obvios defectos y mirar mal a quien no quiera participar en la farsa. Una frase tan inofensiva como “tanta paz lleve como descanso deja” (dicha cuando el finado era inaguantable, ha tenido una agonía muy larga, etc.) se ve como transgresora.

Y eso es absurdo. A mí me parece de lo más normal alegrarte de que desaparezca de escena alguien a quien detestas. No voy hablar de cuando se muere un famoso o un político, porque ahí siempre encuentras a alguien que comparta tu odio y que despotrique contigo. Bajemos a lo personal, que además es como más transgresor. Pensemos en el familiar que te cae mal. No tiene por qué tratarse de un maltratador al que odies, sino de cualquiera que haya cometido esa sucesión de pequeñas ruindades que es tan común en las familias. Un día va y se muere. ¿Sus actos deben quedar perdonados sólo por este hecho? No ha pedido perdón, no ha asumido errores, no ha reparado daños, no ha hecho nada. Simplemente se ha muerto. ¿Por qué no te vas a alegrar de no tener que aguantarle más?

No se sabe muy bien de dónde sale este gran consenso colectivo, pero se sigue a rajatabla. Todos tenemos anécdotas de familiares que se presentan llorosos en el funeral de una persona a la que aborrecían o de la que habían pasado como de la mierda durante los últimos veinte años. ¿De verdad me tengo que creer que sienten pena? Pues lo siento, pero no: lo más probable es que oscilen entre la indiferencia y distintos grados de alegría pero estén ahí haciendo el papel que toca, sin pensarlo demasiado. Eso sí: atrévete a saltarte el consenso. Di “pues yo me alegro de que el abuelo esté muerto, era un cabrón con pintas y siempre se portó como un mierdas conmigo”. Serán ésos, los llorosos de los funerales, los primeros que te crucificarán.

Como en todo lo que tiene que ver con las familias, es curioso lo poco que se habla de este tema. Parece que es un pecado alegrarte de la muerte de alguien, o,por lo menos decirlo en alto. Claro, en el siglo XXI no puedes llamar a nadie “pecador” sin que se descojone en tu cara, pero puedes usar otros términos que llevan la misma carga de estigma. “Psicópata” suele funcionar bien. Todos conocemos a los psicópatas por las películas: esos seres carentes de emociones, casi inhumanos y expertos en el manejo de todas las armas existentes.

Espera un momento. ¿Carentes de emociones? ¿Inhumanos? ¿Ahora no querer participar en la farsa colectiva del “pobrecito, qué bueno era” es carecer de emociones? ¿Tener un poquito de memoria y no querer perdonar los agravios de quien nunca hizo nada por ser perdonado es ser inhumano? Porque a mí me parece lo más humano que hay. Los seres humanos tenemos memoria, poseemos sentimientos complejos y, sí, somos imperfectos moralmente. Nos alegramos cuando alguien que nos ha hecho daño lo pasa mal. Los alemanes hasta tienen una palabra para designar el placer culpable que nos da eso. Qué le vamos a hacer, somos así.

Lo que considero inhumano es, precisamente, lo contrario. Suspender el curso normal de nuestras emociones y de nuestros sentimientos hacia una persona para sustituirlos por una tristeza impostada y socialmente forzada sólo por el hecho de que se ha muerto. La muerte no arregla nada, y si tú aborreces a alguien es muy lícito que te alegres si la espicha. No te sientas culpable, no dejes tampoco que el tema te obsesione y sigue para delante. Lo que sientes es lo más normal del mundo.








(1) De hecho, fue así como me enteré de la muerte de mi admirado Terry Pratchett.



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2 comentarios:

  1. Yo no lo veo como hipocresía. Cuando alguien se muere es cuando nos damos cuenta de que es una persona y como tal lo vale.


    Que aspectos como que no le gusta a uno como actúa o tener rencillas son secundarios y no quita la estima que tenemos por ser personas.


    Claro que hay excepciones, cuando la persona en cuestión tiene malas intenciones como un psicópata o un sociópata, pero eso son proporciones muy bajas.

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    Respuestas
    1. ¿Y por qué tengo que estimar yo a nadie sólo por el hecho de que sea una persona?

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