martes, 3 de julio de 2012

¡Ave, Iker!

Quizás la institución romana más espectacular sea la del triunfo. El triunfo se le concedía a los generales romanos que hubieran obtenido una victoria significativa en una guerra ganada, y consistía en un gran desfile militar en el que el comandante y las tropas marchaban ante el pueblo de Roma. Les seguían los caudillos vencidos y los despojos de los enemigos. Luego había una gran fiesta, pagada por el ganador, en la que no se reparaba en gastos. Sólo una cosa ensombrecía el día del general: el esclavo que, detrás de él, no dejaba de susurrar la frase Memento mori, es decir, recuerda que eres mortal y no un dios. Hoy Iker Casillas, capitán de la Selección española, no tenía al esclavo detrás, y así nos va.

Quede claro que con este post no pretendo cargar contra el fútbol, como deporte ni como espectáculo: tanto practicarlo como verlo son simplemente una afición más, y es normal sentirse identificado con un equipo u otro y alegrarse de que gane. Quiero cargar, sin embargo, contra otras dos cosas: contra el borreguismo que impera en este país sobre el tema y contra el uso político interesado que se hace del mismo. Quien diga que estos dos fenómenos no se dan, simplemente miente.

El uso político interesado es un fenómeno evidente. Se ve ya sólo por el hecho de referirse a una selección de trabajadores de empresas privadas hecha por un señor designado por una federación de dichas empresas con el nombre “España”. Los futbolistas, al contrario que los generales romanos, no representan al Estado de ninguna manera ni sus victorias repercuten de ninguna forma en los intereses políticos o económicos de éste. Pero no sólo es el lenguaje: tenemos el caso de toda una señora alcaldesa que afirmó, antes de la final, que los jugadores son “héroes” y que desfilarían por Madrid ganaran o perdieran. Que nos parezca normal que unos empleados de empresas privadas corten el tráfico de la capital para que la gente les aclame por hacer su trabajo es una muestra clara de que los sentimientos se han metido por el medio.

En síntesis, el poder utiliza el fútbol para construir el imaginario nacional que, según parece, le falta a este país. Y eso me parece un problema desde el momento en que la ideología (el nacionalismo, la religión, las ideologías políticas de izquierda y derecha...) dificulta el análisis sereno de la realidad: cualquier ideología se basa en elementos de comprobación difícil si no imposible, y esos elementos están más allá de toda crítica. Y el nacionalismo futbolero no es una excepción: no se puede poner en duda, por ejemplo, la naturaleza heroica de los jugadores y su correlativa retribución en forma de prima millonaria.

Para hablar del borreguismo voy a reiterar algo que quedaba implícito más arriba: el problema no es que la gente vea a la Selección ni que se alegre con sus triunfos. El problema es que ese asunto oscurece durante semanas cualquier otro tema de conversación. Que la odiosa frase “soy español, ¿a qué quieres que te gane?” se mantiene en el tiempo y la gente la dice en serio. Que los borregos miran mal y tildan de amargado o de cosas peores a quienes nos aburre el fútbol y no vemos en la competición más que fútbol (y, por tanto, no vemos los partidos). Que las normativas antirruido parece que se suspenden la noche en que gana el equipo nacional. Que la gente se cree de verdad que el fútbol sirve para algo más que para entretener durante noventa minutos.

Todos tenemos aficiones. Sin ir más lejos, yo voy una vez al año a la plaza de Vázquez de Mella a darme panazos con otros frikis para recrear una batalla de El señor de los anillos. Y eso no es un problema, porque hacemos la batalla, nos damos de panazos, recogemos y nos vamos: tiempo estimado de molestia vecinal, 5 minutos. No obligamos a nadie: a quien no le gusta no va. Eso parece que no sirve para el fútbol, afición en la que necesariamente te tienes que posicionar (tienes que “ser” de un equipo e “ir” con España) so pena de ser tachado de intelectualoide, aburrido y presunto detentador de la superioridad moral. Lo cual es ridículo, claro: yo no considero que alguien a quien no le guste Dexter sea un intelectualoide, no pienso que alguien que no haya leído a Pratchett sea un aburrido ni reclamo superioridad moral sobre quien no haya jugado a Age of Empires. El mero hecho de que haya gente a la que la anterior comparación le parezca ridícula nos muestra que hemos perdido por completo todo sentido de medida respecto del fútbol.


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