viernes, 29 de junio de 2012

Jesucristo a la brasa

El género recetario ha sido una constante en la literatura mundial desde las primeras manifestaciones de escritura. Así, el Código de Hammurabi contiene penas agravadas para los envenenadores que usen veneno en mal estado, la Ilíada es una gigantesca receta de héctor a la brasa (un héctor es un mamífero ya extinto) y las Doce Tablas son en realidad un compendio de las recetas sencillas y marciales propias de los primeros tiempos de Roma, como las gachas con gachas o el pollo con nada. Sólo una conjuración internacional de traductores ha impedido que conozcamos estos datos, y que hoy creamos que las obras citadas son compilaciones legales o poemas épicos.

La obra más afectada por esta traición al texto original es sin duda la Biblia. En su versión inicial, el Nuevo Testamento es un conjunto de sabrosas recetas que tienen en común una cosa: que toda la carne se coloca siempre encima de retoños de crucisto. El crucisto es un árbol, propio de la Palestina de la época, que crece en forma de cruz. Cuando el árbol alcanzaba cierta altura, los romanos lo cortaban para crucificar a sus criminales; antes de ese momento, era talado por los judíos para disponer encima la carne que cocinaban. La madera se quemaba por debajo y su espeso humo, de carácter aromático, le daba un regusto especial a lo cocinado. A pesar de que hoy el crucisto ha desaparecido, los experimentos en genética han conseguido que podamos tener madera muy parecida.

La receta que traemos hoy está en uno de los últimos capítulos de los Evangelios: nos referimos al famoso Jesucristo a la brasa. Necesitamos:

-Carne de Jesucristo.
-Un retoño de crucisto.
-Salsa barbacoa.
-Media cebolla.

Preparación:
-Encendemos el carbón debajo de la rejilla. Mientras adquiere la temperatura óptima, colocamos la pieza de carne encima del crucisto. Podemos clavarla para que no se caiga.

-Colocamos la cruz encima de la rejilla. Hay que tener cuidado: la cruz debe arder pero no con fuego vivo, sino que ha de abrasarse levemente, para que sus aromas impregnen la carne.

-Mientras se termina el Jesucristo (que debe cocinarse poco rato: esta carne está mejor sangrante), troceamos la cebolla y la freímos en la sartén. La cebolla irá en cuenco aparte.

-Terminada la carne, podemos rociarla con agua bendita para facilitar su enfriamiento. 

-Rociar la carne con salsa barbacoa en puntos estratégicos. Estos puntos rojos en zonas concretas de la carne se llaman, en gastronomía, estigmas.

-Servir y comer directamente de la madera. Si queremos que la experiencia de estar en la antigua palestina sea completa, colocar la madera en una placa de cerámica. En el ejemplo, hemos usado la placa de cerámica para contener más salsa barbacoa.

Bon appetit!


(Esta entrada participa en el #CookJesusDay)

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