miércoles, 22 de junio de 2016

Mesas electorales II. ¿Por qué no van los parados?

Que te toque mesa electoral es una obligación fastidiosa. Vamos a reconocerlo: a nadie le gusta estar 12 horas sentado en una mesa más dos o tres de recuento, aunque sea a cambio de 60 euros. Así que no es raro encontrarse en Internet quejas muy amargas procedentes de los que han tenido que sufrirlo. Algunas son puras explosiones de bilis, mientras que otras son verdaderamente divertidas. Vamos a analizar hoy algunas de ellas.

Hay, por ejemplo, quejas que se refieren a la limpieza del sorteo. Encuentras incluso a personas diciendo que es todo mentira, que no existe tal sorteo porque a ellos les ha tocado muchas veces. Que piensas “claro, es que en tu Ayuntamiento hay una conspiración para molestarte y que pierdas un domingo cada cuatro años”. Estas quejas, que se han convertido en un lugar común, no dejan ver que el número de personas afectadas por esta anomalía es más bien escaso.

Aun así, ¿por qué algunas personas salen mucho en los sorteos y otras tienen la suerte de que no las llamen nunca? Es sencillo: cada sorteo es un suceso independiente de los demás. Haber salido en uno no reduce la probabilidad de que te toque en los siguientes. Además, se realizan muy pocos sorteos: en condiciones normales, uno cada cuatro años para las generales, uno cada cuatro años para las autonómicas y municipales y uno cada cinco años para las europeas. Si tuviéramos elecciones cada semana no dudo de que todos acabaríamos por disfrutar de la experiencia de estar en una mesa electoral. Como no es así, pasan estas cosas.

Consideremos también la estructura demográfica de la población española. Hay muchos pueblos pequeños: en 2015 había 1.238 municipios de menos de 100 habitantes y 2.659 municipios con entre 101 y 500 habitantes. Si como mínimo hay una mesa por municipio, no es tan raro que un habitante de dichos pueblos reciba la citación tres o cuatro veces en toda su vida. Más aún cuando para ser presidente se requiere tener el Bachillerato o una FP de segundo grado, lo que restringe aún más el círculo. Incluso en municipios más grandes, hay que tener en cuenta que los miembros de cada mesa se eligen de entre los votantes de la misma, y en cada mesa vota un máximo de 2.000 personas. En conclusión: si te toca varias veces durante tu vida no es que tengas mala suerte o haya una conspiración contra ti. Es completamente normal (1).

Otro de los argumentos comunes al hablar de este asunto es una especie de enmienda a la totalidad al sistema de mesas electorales, que va acompañado de la exigencia de que sea cierto colectivo el que se encargue de las mismas. Lo he oído con voluntarios y con funcionarios, pero su formulación más común es “¿por qué no las forman con parados? Ellos no tienen nada que hacer y les vendría bien el dinero”. Esta última versión me parece especialmente despreciable, porque deja implícita la idea de que si no tienes un trabajo productivo estás a disposición de los demás. ¿Por qué un trabajador o un empresario tienen derecho a estar cansados un domingo o a no querer contribuir con el sistema y un parado no? ¿Por qué vale menos el tiempo de éstos (2)? 

En cuanto a lo de que a los parados “les vendría bien el dinero”, esta parte del argumento implica darle la vuelta a la realidad. Los trabajos cívicos, como ser parte de una mesa electoral o de un jurado, son obligaciones legales. El Estado se obliga a remunerarlos para que no sean demasiado gravosos, pero su sentido no es repartir dinero en forma de dietas de 60 €. Al contrario: se trata de deberes que se imponen para fomentar la participación y la limpieza de los asuntos públicos.

Menciono específicamente la limpieza, porque es vital en unas elecciones. El objetivo de celebrar comicios es que salga un Parlamento representativo de las preferencias populares, según han sido expresadas mediante los votos. Las mesas electorales son los órganos ante los que se emiten dichos votos. Recordemos que, entre otras cosas, el presidente es quien admite a los interventores de los partidos (artículo 82.1 LOREG), ordena que se suspenda la votación si no hay papeletas de alguna candidatura (artículo 84.4) y conserva el orden en el local electoral (artículo 91.1) y fuera de él (artículo 93). En cuanto a la mesa, puede decidir por mayoría denegarle el voto a un elector (artículo 85.4) y resuelve las impugnaciones que se hagan contra el escrutinio (artículo 97.2). Vamos, que formar parte de una mesa electoral no es una tontería: es un cargo administrativo de importancia, aunque su mandato se limite a un día (3).

Ahora imaginemos que no se formaran por sorteo. Pongamos a los parados en las mesas. Los parados son personas que, con gran probabilidad, tienen problemas económicos. Si son de larga duración, puede que no sepan de dónde van a sacar la comida de la semana siguiente. Son más susceptibles a la corrupción, y ésta puede hacerse a menor precio que con alguien que tenga la subsistencia asegurada. Evidentemente no significa que todos los parados vayan a corromperse en cuanto les ofrezcan 10 € por voto enemigo que logren anular, pero es introducir un riesgo innecesario en el sistema. 

Segundo supuesto: que sean voluntarios. Esto parece una solicitud plausible: que se encarguen del tema quienes quieran encargarse. Pero a la hora de diseñar una institución hay que malpensar un poco. ¿Qué clase de personas perderían su domingo para estar 12 horas en una mesa electoral? Se me ocurren dos categorías: gente que necesite el dinero (volvemos al problema de los parados) y miembros de los partidos políticos que deseen hacer méritos. No quiero que el órgano ante el cual voto tenga ese sesgo ya de entrada.

¿Habría gente altruista que se apuntaría por curiosidad, interés o puro amor a la democracia? Por supuesto, pero España es un mal país para jugarlo todo a esa carta: el cinismo hacia la democracia y el desencanto hacia lo público permean toda nuestra cultura. Por desgracia, no somos un país que tenga por costumbre valorar o cuidar lo común. Así que abriendo las mesas a voluntarios estás incentivando la entrada de personas que comprometen la neutralidad de la mesa.

Hay otra razón por la cual me disgusta la idea de los voluntarios. Es difícil de explicar, porque se refiere al “clima mental” que se genera en ambos tipos de mesa. Si el órgano se forma aleatoriamente, todos los miembros van con la idea de que están ahí para cumplir un deber cívico desagradable pero necesario. Se genera un clima favorable al acuerdo, al razonamiento y al diálogo: lo que se llama la “mano intangible” (4). Nadie tiene un interés personal en las elecciones, y si alguien lo tiene (en el sorteo le toca, por ejemplo, a un simpatizante de X partido) no queda bien que lo exprese. El hecho de estar todos allí de manera forzada obliga a todo el mundo a ser razonable y a contemporizar. El resultado favorece la neutralidad de la mesa y la limpieza del proceso.

Si los componentes de la mesa son voluntarios, te cargas ese incentivo. Si yo voy a la mesa por dinero o por trepar en mi partido no tengo demasiadas razones para ser razonable o para que me preocupen las irregularidades que se cometan delante de mí. La opinión de los demás me da igual: yo lo que quiero es, o bien cobrar e irme a mi casa, o bien que mi jefe en el partido me felicite. Además, sé que todos en la mesa están igual: cada quien ha venido porque ha querido, por sus propias razones. La camaradería inicial de “estamos todos aquí forzados, vamos a llevarnos bien”, desaparece. La neutralidad de la mesa se resiente, y esto afecta a la limpieza del proceso.

Y tercer supuesto: que las mesas las formen funcionarios del Ayuntamiento o los concejales del mismo. Esta opción nos arroja de nuevo al siglo XIX, donde esta clase de composición era la base del caciquismo electoral: las mesas las presidía el alcalde o alguien nombrado por el mismo y el resto de miembros eran voluntarios elegidos en el momento. En municipios grandes no pasaría nada, pero en los pequeños es campo abonado para la corrupción. De todas formas, tampoco voy a dedicar más espacio a esta propuesta porque es sin duda la que menos popularidad tiene.

Evidentemente, los actos de la mesa electoral son recurribles. Ninguno de los males que pudiera causar una composición sesgada sería, en principio, irreparable. Pero los órganos administrativos y judiciales que deciden sobre estos temas tienden a no anular la elección hecha en una mesa salvo que la irregularidad sea muy grave. Y el problema no es tanto ése como el desaliento que puede producir. Si empiezan a salir corruptelas flagrantes en las propias mesas electorales y vemos que no se hace nada contra ellas, el desencanto hacia el sistema crece. 

Termino con una conclusión: a la hora de proponer cambios en las instituciones hay que pensar con un poco de malicia. El futuro no podemos conocerlo, pero a estas alturas deberíamos saber algunas cosillas sobre la naturaleza del ser humano y sobre el país en el que vivimos. El ser humano es corruptible y, además, vivimos en un país donde la corrupción campa a sus anchas. Hay que dejarle el menor espacio posible, sobre todo si hablamos de la limpieza en unas elecciones.

Lo que no puede ser es quejarse de lo mala que es la democracia española (que lo es) y luego proponer medidas para empeorar aún más su calidad. Cualquier alternativa a la selección aleatoria de los miembros de la mesa electoral es una puerta abierta a la manipulación del proceso. Sí, con el azar pueden entrar en las mesas electorales personas autoritarias, cerriles, sesgadas a favor de un partido, corruptibles por cuatro duros o directamente gilipollas. Pero al menos esas características no se incentivan.

Ningún sistema construido por humanos está hecho a prueba de la corrupción o de la mala fe, pero tenemos que acercarnos todo lo que podamos. Y, por favor, miremos un poco más allá del propio ombligo. Puede que no te guste formar parte de una mesa electoral, pero el hecho de que ésta esté compuesta por personas escogidas al azar, que más o menos representen al conjunto de la sociedad y que no tengan un interés personal ni un incentivo económico para manipular los resultados es muy importante para la calidad de la democracia.




(1) Si estás en esta situación, recuerda que según el artículo 2.2.7ª de la Instrucción 6/2011 de la Junta Electoral Central, puedes excusarte si te ha tocado tres veces en los últimos diez años.

(2) Iba a decir que el tiempo de los parados no es "tiempo libre" porque pueden estar estudiando, haciendo trabajos de cuidados o subsistiendo con un trabajo en B, pero me he contenido a tiempo. Reivindiquemos el tiempo libre. El descanso y el ocio son placenteros y necesarios, no algo menor que pueda ceder ante cualquier necesidad importante.

(3) En el corrupto siglo XIX español, esto se lo sabían perfectamente. Los actos de corrupción electoral empezaban siempre por asegurarse la lealtad de la mesa.

(4) Concepto acuñado por el filósofo político Philippe Petit. La mano intangible se basa en la idea de que nadie quiere ser expuesto a la vergüenza ni al ridículo. Cuando desempeñamos un deber y existe la posibilidad de otras personas valoren la forma en que lo hacemos (lo cual, en una mesa electoral, sucede de manera inmediata), tendemos a comportarnos de manera legal y razonable. La mano intangible no sustituye las sanciones legales pero las complementa.



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2 comentarios:

  1. No podría estar más de acuerdo con "(2)". Eso de atacar el tener ocio y tiempo libre me pone de los putos nervios.
    Voy a ponerles este post a mi familia en la próxima comida familiar. Me lo voy a pasar teta con la bilis que va a producir :P

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