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martes, 31 de octubre de 2023

Democratizar el arte

Hace un año publiqué un artículo sobre la famosa exhortación a separar obra de autor. En estos doce meses ha aparecido una frase que aborrezco todavía más: democratizar el arte. Es un invento de los tecnobros para que traguemos mejor con los productos hechos por inteligencia artificial generativa. No serían dibujos o textos de mala calidad hechos por una máquina que se ha alimentado sin consentimiento de sus autores de arte subido a Internet: serían la revolución, que permite acercar la producción de arte a todo el mundo. 

Por si alguien no sabe de qué estoy hablando, las inteligencias artificiales generativas parecen ser la siguiente cancamusa tras las criptomonedas y los NFT. Se trata de programas que pueden ser alimentados con cualquier tipo de datos (texto o imágenes es lo más frecuente), de los cuales aprenden patrones. Interiorizan cómo se relacionan entre sí los tipos de datos que consumen (qué palabras suelen ir juntas, qué pixeles suelen ir cerca de otros...) y, gracias a ese aprendizaje, son capaces de crear datos nuevos: imágenes que antes no existían, texto que responde a una pregunta de forma coherente, etc.

Las inteligencias artificiales generativas tienen, por supuesto, usos lícitos. La creación de textos que tienen un muy bajo valor añadido, como abstracts de artículos científicos o traducciones de nombres de productos en tiendas online puede ser uno de ellos. No tiene sentido poner a seres humanos a hacer esas tareas si existen máquinas que los pueden sustituir. Igualmente, un artista podría utilizarlas para sacar ideas, para buscar palabras que no le salen o para cualquier otra tarea auxiliar.

Pero la forma en que nos las venden no es esa. Como ya comentamos en el artículo que dedicamos a las IA hace unos meses, lo que está haciendo famosos a estos programas es que hay mucha gente creando imágenes por ordenador y flipándose mucho con los resultados. Incluso han empezado a aparecer carteles de eventos o anuncios publicitarios que emplean productos de IA. Y eso no sirve más que para precarizar todos los elementos de la cadena: tanto el autor de las imágenes que han alimentado el programita (que no ha podido denegar el consentimiento para esa transformación de su obra ni exigir remuneración por ella) como el artista que habría sido contratado para hacer los dibujos que ahora se generan por IA, pasando, por supuesto, por los miles de trabajadores mal pagados que entrenan el sistema.

Y resulta que cuando criticamos este obvio retroceso se nos responde con acusaciones de elitismo. Los tecnobros, esos defensores de compañías multimillonarias, se envuelven en una especie de bandera libertaria de pega y nos acusan de querer cerrar el acceso a la creación artística solo a unos pocos privilegiados, probablemente de familias nobles europeas. Ellos vendrían a democratizar el arte, a abrirlo, a permitir que cualquiera sin formación ni educación pudiera crearlo. Qué buenos son, casi como hermanitas de la caridad. 

¿Qué es el arte? Una vez eliminada la respuesta banal (helarte es pasar mucho frío), nos queda un concepto difícil de aprehender y de definir. Hay una rama filosófica entera que trata de ese asunto y, por supuesto, sus miembros no se ponen de acuerdo en la definición. Bajando a conceptos más de andar por casa, podemos decir que el arte es una actividad humana realizada con finalidades estéticas y comunicativas, para expresar emociones o ideas por medio de técnicas creativas. Además, también llamamos arte al producto de esta actividad.

El arte en el capitalismo está sometido a una paradoja curiosa. Por un lado, la actividad artística apunta a una idea de libertad, de que el creador expresa justo lo que quiere expresar con las técnicas que tiene a su disposición. Por otro lado, los productos artísticos son bienes comerciales, que se compran y se venden, y que se pueden encargar. Encargar un producto artístico parecería algo que entraría en conflicto con la actividad artística (el autor ya no expresa lo que quiere expresar, sino lo que su cliente quiere que exprese), pero al final el problema se resuelve yendo a lo práctico: el autor crea lo que le apetece y eso le permite definir un estilo y una manera de trabajar que son determinantes para que otras personas le hagan encargos. Vamos a quedarnos con esta idea, que será importante luego.

El arte, la actividad artística, ya es democrático. Es, de hecho, lo más democrático del mundo. A cualquiera se le pasa por la cabeza cualquier cosa, la dibuja o escribe y pum, ya ha hecho arte. Quizás arte repetitivo, poco trabajado y de baja calidad, pero arte al fin y al cabo. A esto podría oponerse que el arte no es solo la pura inspiración arrebatada, sino que necesita dinero en materiales y en formación para desarrollarse, y que las IA (que, de momento, son gratuitas) permiten saltar esa barrera. Pero, a mi juicio, eso no es así.

En cuanto a los materiales, en varias disciplinas artísticas son muy baratos. ¿Cuánto cuestan un paquete de folios y un lápiz? ¿Qué impide comenzar a escribir o a componer en un dispositivo electrónico que ya tuvieras de antes? ¿Es que no puedes bailar con ropa genérica de deporte? Claro, si quieres hacer escultura o tocar la viola sí se requiere más inversión, pero para acceder a muchas artes lo único que tienes que hacer es pintar en un papel o escribir en el móvil. En cuanto a la formación, vivimos en la era de Internet. Tenemos a nuestra disposición toda clase de cursos, tutoriales, clases y demás, gratuitas o a precio muy bajo.

Es cierto que, a menudo que se avanza, y si uno quiere profesionalizarse, se empiezan a necesitar más conocimientos y/o materiales mejores. ¿Veis qué palabra he empleado? Profesionalizarse. Es decir, pasar de la pura expresión de emociones a la práctica que te da de comer. Intentar vivir de ello. Y aquí, como es lógico, sí que hay barreras de entrada. Un abogado debe saber de derecho y tener acceso a códigos legales y bases de datos de jurisprudencia. Un médico debe saber de medicina y tener el instrumental correcto. Y un artista debe conocer las técnicas y tener los medios para crear lo que nos ofrece.

Es esto, precisamente esto, lo que quieren decir los tecnobros cuando hablan de «democratizar el arte». No te pone a ti más fácil expresarte artísticamente (eso, como hemos visto, era muy sencillo), sino que permite a las empresas prescindir de los profesionales a la hora de crear su imagen gráfica, su publicidad, su música comercial o cualquier otro elemento mínimamente creativo o artístico de su actividad. No va de arte, sino de abaratamiento de costes empresariales.

La lógica es perversa. El arte ya es democrático, pero la profesión artística sí tiene unas barreras de entrada que justifican que quienes la ejercen cobren por ello. Nos inventamos un programita que saca productos pseudo-artísticos (1) y afirmamos que podemos prescindir de los artistas profesionales. Cuando estos se quejan, los llamamos elitistas y decimos que queremos democratizar el arte. Jugada redonda.

La prueba de que esto va de abaratamiento de costes es que, fíjate qué casualidad, las IA «artísticas» crean dibujos siempre muy parecidos. El hiperrealismo ese feo, o incluso imitaciones de Pixar o Ghibli. Se demuestra así que sus fabricantes lo que quieren es emular estilos, no crear arte. El estilo es el sello de un artista o de un estudio, lo que te permite ver el dibujo y decir «esto lo ha pintado X». Y como el estilo es uno de los elementos que permiten al artista cobrar por su arte (yo no compro un cuadro; yo compro un cuadro de Fulanita Méndez), es precisamente lo que tratan de imitar los tecnobros. Es la pescadilla que se muerde la cola, porque cuanto más éxito tenga un artista, más imágenes habrá suyas y más probable será que alguien las utilice para entrenar una IA que le imite.

No quiero terminar sin dedicar unas palabras a una justificación que cada vez veo más. Las IA funcionan por medio de prompts, es decir, las sugerencias (frases, esquemas, dibujos) que le metes a la máquina para que te dé lo que le pides. «Hazme un dibujo de un señor con sombrero» es un prompt válido, pero también lo es «Hazme un dibujo de un hombre de mediana edad, de pie, con bigote y cara de enfado, que lleva un sombrero hongo de color marrón, todo ello en el estilo de Ibáñez».

Pues los tecnobros lo que dicen es que construir buenos prompts lleva tiempo y esfuerzo, lo que lo equipararía a una actividad artística de verdad. Esto es estúpido por varias razones. Primero, porque es una actividad improductiva: estás intentando describir un dibujo de la manera más precisa posible para que una máquina te dé lo que tienes en la cabeza, cuando sería mil veces más fácil hablar con un artista e informarle de lo que quieres por medio de un diálogo. Claro, para eso hay que pagar.

Segundo, porque el arte no va de que te cueste mucho hacerlo, sino de expresar lo que sientes. Que te haya costado más o menos escribir el prompt no convierte en más o menos artístico al resultado, igual que no es más artístico el cuadro de tres metros cuadrados de un artista consagrado que el dibujo en el margen que hizo cuando empezaba.

Y tercero, porque por mucho que te cueste hacer un prompt, tu contribución al producto final sigue siendo la misma. Es curioso que si yo le pido a un artista que me dibuje un señor con sombrero todos entendamos que el autor del dibujo es el artista (él es quien lo ha hecho, quien tiene la propiedad intelectual), mientras que si le hago exactamente la misma petición a una máquina, de repente haya un debate. En el primer caso, el proceso artístico lo ha dirigido una persona; en el segundo, no lo ha habido, sino que se ha sustituido por métodos estadísticos. Pero en ambos, quien quería el señor con sombrero se ha limitado a hacer una petición. Por muy detallado que sea el prompt.

Como ya he mencionado, una IA puede tener muchos usos útiles, pero el que esperan que le demos es sustituir a los profesionales bajo la bandera de una presunta democratización, todo ello mientras nos felicitamos unos a otros por lo preciso que nos quedó el prompt. Eso, para mí, es lo contrario del progreso. Porque el progreso no es tener maquinitas chulas, sino estar cada vez más liberados de las tareas repetitivas y agotadoras que constituyen la base de nuestra existencia y poder dedicar el tiempo a expresarnos, soñar y ser felices. O sea, a hacer arte.

 

 

 

 

 

 

(1) Me niego a llamar arte a un producto que no ha tenido una dirección artística humana.


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martes, 20 de febrero de 2018

No los llames héroes

Hace años, en este mismo blog catalogué una entrada con la etiqueta “Palabras que no soporto”. Pretendía que fuera el primer artículo de una serie que versaría sobre palabras y expresiones de uso común que he acabado por aborrecer. La idea era denunciar cómo ciertas palabras enmascaran la realidad o sirven para encarrilar el pensamiento en una dirección determinada. Al final no continué el proyecto, pero he decidido retomarlo porque en los últimos tiempos me he dado cuenta de que hay una palabra que cada vez me gusta menos. Me refiero al término “héroe”, en especial cuando se usa para catalogar profesiones enteras.

Lo oímos con frecuencia: los bomberos y los médicos (en realidad todo el personal sanitario) son héroes porque Salvan Vidas, así, en mayúsculas. También se afirma que los policías y los militares lo son, porque nos protegen como sociedad. En algún caso lo he oído sobre los socorristas. En círculos de izquierdas, supongo que para contraprogramar el descrédito que sufre esta figura, se habla también de los profesores de colegio e instituto en términos de heroicidad: ellos educan a nuestros niños, que, como nos enseñaron Los Simpson, son el futuro. ¿Cómo no van a ser héroes?

Pero el hecho es que no lo son. El héroe, por definición, es aquel que realiza una conducta arriesgada y virtuosa a la que no está obligado. Un héroe puede ser la chica que se lanza contra el terrorista que va a secuestrar el avión aun a riesgo de morir. El hombre que entra en una casa en llamas porque ha oído llorar a un niño. La mujer que se tira al agua a rescatar a alguien que se ahoga. El diputado que permanece de pie y ordena a los golpistas que se detengan. Personas que, en un momento determinado de sus vidas, decidieron hacer algo que nadie les exigía y que les ponía en peligro pero que beneficiaba a otro ser humano o a la colectividad. Alguien que destaca de entre los demás por un acto virtuoso puntual.

Leí hace poco una idea, atribuida a Philip Zimbardo, que expresa muy bien lo que quiero decir: la sustancia del héroe es la soledad. Un héroe es alguien que va contra la masa, que levanta la voz cuando todo el mundo calla y que dice "no" cuando la multitud acepta pasivamente. Alguien que ve muy claro que es la hora de optar entre lo que es fácil (el consenso, la pasividad) y lo que es correcto, que toma la decisión difícil y que luego, después de hacerlo, vuelve a la normalidad.

Una médica o un bombero no son héroes. Son más que eso: son profesionales. Personas que dedican sus vidas y sus carreras a intentar mejorar las condiciones de vida de otros. Gente que se levanta todas las mañanas y se va a curar enfermedades o a rescatar a gente de edificios en llamas. A veces se juegan el tipo y a veces no, pero lo suyo no es una decisión de un día sino un trabajo de años que necesita de una constancia ejemplar y que ha venido precedido de una formación. Su sustancia no es la soledad, sino el trabajo en equipo, la experiencia y el conocimiento profesional. Llamarlos héroes es, de alguna manera, rebajarlos.

Hay algo más. Algo más insidioso, que se me viene a la mente cada vez que oigo a alguien usar ese término, y que tiene que ver con el tema de las recompensas. No es lo mismo un héroe que un profesional. A un héroe, alguien que ha hecho algo puntual a lo que no estaba obligado, la mejor manera de recompensarle es con una ceremonia, un agradecimiento público y quizás un premio. Pero un profesional necesita más cosas: necesita un buen salario, unas condiciones de trabajo dignas, un contrato estable, un equipo en buen estado, etc. Como es lógico, un trabajador dedicado cuesta más dinero que un espontáneo.

Y no sé. Cada vez que veo a alguien usar el término “héroe” para referirse a un miembro de estas profesiones, se me revuelven las tripas. Porque me da por pensar que es lo que quieren quienes están demoliendo el Estado del bienestar: un sistema público que se sostenga, esencialmente, sobre los hombros de unos trabajadores a los que se les recortan recursos y a los que se les pide de forma rutinaria que hagan mucho más de lo que cualquier ley o convenio obliga. En definitiva, se trata de convertir a profesionales en héroes, que son mucho más baratos (un premio a la excelencia anual y arreando) y que además permite jerarquizar la profesión entre quienes se prestan a ese juego y quienes no. Todo ello tomando como rehenes a los ciudadanos, que son los que sufrirán si los profesionales no tragan con su conversión forzada en héroes.

En fin, supongo que serán paranoias mías, que soy un malpensado. Pero por si acaso, prefiero desterrar de mi lenguaje toda la terminología heroica y llamar a las cosas por su nombre.





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martes, 17 de julio de 2012

Palabras y expresiones que no soporto: tolerancia.

Inicio con esta entrada una serie que versará sobre palabras y expresiones que, por su significado o por el contexto en que se pronuncian, he llegado a odiar. La primera es la palabra "tolerancia", que tiene en común con otras que odio (como "respeto" o "excelencia") que en principio denota algo bueno. Y, sin embargo, a mí la tolerancia no me parece algo bueno, sino todo lo contrario.

¿Qué significa, al fin y al cabo, tolerar? La RAE es elocuente:

1. tr. Sufrir, llevar con paciencia.
2. tr. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
3. tr. Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina.
4. tr. Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.


Cuando alguien dice algo como "yo tolero a los homosexuales" está utilizando la cuarta acepción, pero hay claramente un elemento de la segunda: la homosexualidad no le parece "bien" o "correcta", pero como es muy demócrata no hace nada contra ella. Decir "yo tolero X" suele significar "yo no creo que X sea correcto, pero como soy muy demócrata y muy guay no trato de evitarlo ni de anularlo".

En la palabra "tolerancia" hay un elemento de tensión, un algo de hipocresía que me resulta molesto. Es la pugna entre dos elementos: "lo que haces no es correcto" y "te dejo hacerlo". Por eso entiendo que la tolerancia está peligrosamente cerca de la intolerancia, que se produce precisamente cuando se rompe el equilibrio a favor del primer elemento. Dado que la gente es reacia a admitir que se equivocó, y más si se trata de cuestiones tan íntimas como opciones sexuales, religiosas o políticas, cuando el equilibrio se rompe suele ser precisamente a favor de este primer elemento ("lo que haces no es correcto"), que queda por encima del segundo ("te dejo hacerlo"): es decir, intolerancia.

Lo peor es que el lenguaje de la tolerancia ha calado aún en los grupos históricamente discriminados, como homosexuales o inmigrantes, que muchas veces piden "tolerancia" hacia sus peculiaridades, sin tener en cuenta que esa demanda pone de relieve esas mismas particularidades que se quieren normalizar. Si yo tolero a alguien es porque asumo que es diferente a mí; si fuera como yo, no le toleraría: le aceptaría.

¿Y qué propongo en vez de tolerancia? Algo que entiendo que es mucho más democrático: indiferencia. No me importa tu opción sexual, no me importan tus convicciones religiosas, no me importa tu adscripción religiosa. Simplemente me da igual, siempre que no vengas a atizarme con ello en la cabeza. ¿Por qué voy a "tolerarte" que seas católico o de derechas? ¿A mí que más me da, mientras no vengas a impartir tu religión en las escuelas o a recortar las becas con las que sobrevivo? ¿Por qué no podemos simplemente pasar del tema?